La naturaleza del artista y otros relatos

Por Jorge Manuel Ayala Martínez. Profesor de Filosofía Universidad de Zaragoza

Encarnación Ferré, novelista, ha llegado a descubrirse a sí misma como una escritora en la que van unidos lo bello, lo poético y lo filosófico. Me bastó leer su trabajo El tributo de Jano para intuir que me encontraba ante una mente soñadora, mitificadora de la realidad al estilo platónico. El mito no nos aleja de lo real; nos aproxima. Hay realidades que por tan próximas a nosotros nos resultan inaprehensibles. Sólo el mito es capaz de ofrecérnoslas con la distancia suficiente para poder tomar una perspectiva y explicarlas. Pero la Vida y la Muerte humanas no se explican, sólo se viven. Por eso han sido más objeto de la religión y del arte que de la Filosofía pura. Encarnación Ferré, ignorándose a sí misma durante mucho tiempo, descubre en su obra una nueva faceta: una vocación metafísica (su vocación y su cruz ) que sabe conjugar la idea con la forma estética. La profundidad se convierte así en claridad (la cortesía del escritor ) y la belleza estética en expresividad.
Al acabar de leer su trabajo se siente aquello que dice Platón en el Fedón: ¿Por qué temer a la muerte si ya ahora estamos más allá de ella? En el conocimiento experimentamos que ya somos inmortales. En efecto; Encarnación Ferré va descubriendo a la Vida y a la Muerte como lo que son; lo que significan para el hombre. La categorización maniquea reflejada en la oposición vida-muerte, alegría-terror, luz-oscuridad, se transforma cualitativamente ante nosotros: Vida y Muerte son la misma realidad, una única realidad. No nos es exterior; nosotros la constituimos. Y como quien va deshojando una flor, Encarnación Ferré describe, explica y nos hace sentir esa realidad que somos. Al descubrirnos a nosotros mismos en esa realidad que somos pero que permanecía extraña a nosotros, algo nuevo ha acaecido: nuestro vivir se ilumina, se apacigua. Es, como si realmente oyésemos a la Muerte decir: No es vencer el alcanzar la meta para la que fuimos ideados. Y al eco respondiéndole: Nacéis todos los días cuando sale el Sol.
Encarnación Ferré se ha sorprendido al descubrir su vocación filosófica. (Tal vez no sabía cómo denominar esta insaciable sed por desentrañar la razón última de las cosas, me dirá). Vivía su inocencia filosófica como otros poetas y escritores filósofos: Machado, Tagore, Juan Ramón Jiménez, Aleixandre. Los poetas, los escritores, instalados en el Olimpo de la palabra creadora, el mundo de Dios, nos transmiten a los mortales un mundo comprensible para la razón (Filosofía) y atrayente para ser vivido (Poesía). En el fondo, ellos ignoran nuestras distinciones filosóficas.

La dimensión lírica de Encarnación Ferré por Mario Ángel Madorrán

Comentarios de Mario Ángel Marrodán  (En correspondencia privada)

Comenzaré diciendo que los poetas estamos encarcelados en unos cuantos libros; luchando y amando con los versos para desbordar a la indiferencia, pero solo es un intento. En el grano de nuestra siembra se esconde la ternura del poeta. Un poco quijotes, marionetas, maníacos y a veces líderes, no olvidamos la fuerza de oposición que tiene contra nosotros el oro y el pesebre, mas no por ello renunciamos al don de escribir. (Recordemos la epidemia de pedantes en sumisión y medra que nos rodea; que hay aquí y ahora. Colaboramos desde lo independiente con el pueblo. No perdemos por ello un ápice de intimidad elaboradora. Respiramos mejor y más seguro así, sin mandatos oficiales, que son los que hacen menos meritorio nuestro esfuerzo. Ese esfuerzo hecho milagrosa realidad en las letras de molde; aquellas que nos dan buena salud y nos permiten no enfermar de asco.

Continuaré diciendo que nuestra potestad es de roca. La roca Tarpeya del escritor. De roca debe ser nuestro pecho para aguantar tantísimo a los inclementes asesinos de la belleza en la charca de la creación que dan la espalda al mensaje. Pero no claudicamos. No podemos ni debemos claudicar porque sucede que, ahora que el hombre de verdad tiene un dolor amargo en el alma, una amargura personal en su corazón, ahora más que nunca el hombre necesita de la protección poética con que bien acompañar a su negra soledad. A la varita mágica de la buena voluntad considero el mejor tributo femenino para ennoblecernos y hacernos, a los hombres, algo así como entes sensibles, patrimonios simbólicos, diosecillos terráqueos…

Terminaré diciendo que nos dicen que sobramos, pero no nos vamos. Seguimos porque tenemos que seguir. No nos quieren, nos detestan, pero nosotros les amamos y les cantamos. Aunque el absurdo y rutinario mundo de ahora resulte imposible meter en el poema, los poetas pretendemos el milagro. Los poetas-gaviotas cuando el caballo mercantil cojea. Los poetas-huerto para que no se derrumbe la murallas. Los poetas-alba que hacen sobre un mapa de amor más socorrida, más anímica y más diurna la vida. Tenemos derecho a disponer de una antorcha, a pulir la joa que nos ha sido encomendada. Cuando la dignidad literaria es camarada de la dignidad humana, las páginas ilusionadas de los que estamos un poco locos -pero a gusto de serlo- redoblan intencionadamente por encima de todo y de todos. Por eso hago mío y comprendo el solemne propósito de nuestra canción volandera: proseguir en alto vuelo poético.

A tenor del móvil de mi estimación que a la obra de Encarnación me impulsa; esa obra que degusto con verdadero deleite (tanto en el intimismo que en ella subyace cuanto en su enjundiosa entidad lírica), me asalta el atónito espasmo de la revelación subconsciente de esta asombrada y asombrosa poeta, hija de la desvivida pasión por aprehender un lenguaje que pugna por no desertar de sus emocionales estremecimientos. Temas trascendidos que le advienen a su autora de la hipnosis de sus desvelos entre oníricos y a sabiendas de que las ideas y los conceptos son necesariamente válidos para entramar la estructura formal del poema.

Por rigor ético, oso desenterrar la víscera del ente autor de este libro endiabladamente fustigador, que nos hiere y maltrata. Porque sirve de ejemplo de una audacia al desnudo. Audacia de dama que, con acerados sarcasmos, se hace de uno mismo y se comparte, en muy buena forma de libro gratificante y apto para remover olvidados estímulos.

La obra lírica de Encarnación Ferré, con buen criterio estético, se cimenta en la cuestión palpitante de su original personalidad literaria. Nos alumbra como el sol y nos guía como la buena estrella. Un alma que se explaya con otra alma: esta es su poesía; voz de gran altura y sentido<, relevante, a la vez que tierna y efusiva. El espíritu poético de la autora se manifiesta con delicadeza pero sin fingimiento. Esto es, con fina sinceridad. Autora que es propietaria de un estilo poético controlado por la sensualidad confidencial, tal como la buena literatura lírica reclama y exige.

(Aquí me haré eco de la historia de su elaboración.) Encarnación Ferré lleva impreso el deseo de motivación como estilo de creación humana. La entrega presenta el entusiasmo aunado a la belleza de la palabra, la preocupación junto a las aves voladoras de la forma imaginativa. Por tanto, este intercambio entre cosmos y espíritu viene bien al arduo propósito de la solidaridad poética para superar la chatarra de nuestro presente.

La trayectoria de la obra poética de Encarnación Ferré no admite parentescos ni opción a ficharla o encasillarla en una escuela determinada, cultivada por la mayoría de los poetas. La fidelidad a sí misma afirma, desde lo recio del mensaje, una corriente estilística y temática que lo clarifica, que lo enriquece, que hace consiga nuevas formas de personal parentesco.

Este libro lírico de Encarnación nos proporciona en su lectura un primor de intimidad, junto a una fervorosa memoria de su corazón. Todo lo cual ocasiona la relevancia particular de esta escritora. Del amor infinito es un regalo espiritual en cuyo contenido se transmuta la mente, se embarga, por su vigor, belleza y altura conceptual. Aquí el poeta se da cálida y encendidamente -por esa fuerte atracción que ejerce, por la magnífica eclosión poética que impacta- sabiendo que solo poetas como ella pueden traer al mundo la verdad, el amor y la belleza con fuerza expansiva y elección imaginativa, reflejo interior de la búsqueda personal del conocimiento. Aquí se habla del amor como de un fruto-trigo que florece en los campos y se inunda también de olas marinas y peces de colores, de redes y de alas ilusionadas. Siempre en el dolor hay un gran deseo: su liberación próxima y temprana.

Encuentro que estas son las notas esenciales de su poesía: la intimidad (con carga vitalista y muy empapada de la búsqueda esencial del misterio que conlleva la vida), la prueba suprema del problema esencial del hombre genérico, la muerte total, donde uno se queda conmovido con lo que Encarnación dice. Y la aparición de la esperanza y su sentido, o, al menos, al anhelo de ella.

A puñados del corazón, superando lo manido de antes y la ñoñería novísima, ofreciendo una plena aportación de autora con claras raíces llevaderas a la comunicación de sueños y secretos, filosofías del amor, bellezas y mensajes, introduce a su lector en la comunicación polipoética. No en vano Encarnación apenas si goza de pausa, lo que evidencia que la poesía es un espejo en el cual el poeta se mira y constata su decadencia vital como ser humano, pues, a medida que pasa el desbordamiento, llega la crisis otoñal, pero no tanto como para cerrar el ciclo poético de la autora.

Su poesía se sustenta, ante todo, por el sentimiento que pone para versar poemas de un interés humano y en pro de un mundo algo mejor, mucho mejor, que el nuestro. Versos emblemáticos, capaces de hacernos comprender que la belleza por la belleza no es lo verdadero, si no corriese la sangre humana por debajo de la palabra del poeta. Sus poemas están llenos de experiencia vital, en luz y en sombra, en risa y lágrima, en amor y dolor, y están escritos con rigurosidad implacable. En sus versos hay una gran agitación metafísica, una gran pregunta a la que solo puede responder la Fe, una especie de denuncia sin remedio. Tolerante con todos, cual se debe ser, como poeta exige únicamente una conducta intachable en la vida de todos los días. Preñados de belleza y sustancia están sus poemas. Su esencia femenina presentada en versos, corrobora que a lo más hondo y humano de los afines sentimientos se conecta por media de un “fusible” que permanece al dictado de la mente seducida por el milagroso encanto de la inspiración. Entre mil sueños, que a veces la inundan y otras la desvanecen, sentada ante la página en blanco, invita a otras vidas ávidas a participar de la suya: una especie de contacto ideal en que buscar cobijo. Cuando se encuentra en silencio -en ese diálogo consigo misma, en esa dialéctica íntima; con la pena que inunda y el pesar que avasalla- ansía una existencia muy difícil de hallar, de encontrar y alcanzar. Por eso nos descifra su interior; para que la conozcamos mejor a través de las controversias escritas de su ser.

Su dedicación creadora la hace poseer una importante y sostenida calidad que yo saludo como singular valor dentro de las apariciones de los poemarios originales. Nos ofrece en sus versos algo tan notorio que es digno de merecido reconocimiento. Para mí, su alma reflectante de la creadora-escudriñadora avanza hasta diseccionar la imagen interna. El lector atento encontrará los parpadeos de un corazón vívido en poesía. De un retrato viajero cuya voz personal la distingue.

La tarea de esta autora dispone de un riguroso y modelado bien decir. Yo, atento siempre a su don expresivo, me deslumbro ante esta sustancia poética que la acompaña, ante la filmación elegíaca de su íntima humanización, que traduce en el clamor telúrico del verso. Poesía de dimensiones altas y largas, de sentimiento y reflexión, entre oceánica y clamorosa. Incansable brega que deja sus huellas en el misterio-destino de la Lírica. De una lírica de sensaciones que se desgranan en ella y sobre ella como las hojas de un árbol, con la tristeza aparente (que no creo sea por la vida en sí misma sino por su constatación de lo efímera que es. De forma que creo que la poetisa ama mucho la vida y saborea cada instante).

Nadie acierta a definir a la Poesía pero la de Encarnación Ferré está intuida y captada con hermosas y sugestivas imágenes, bajo un cariz filosófico-reflexivo y con ritmo interno elaborada. Perfecta cada pieza. Así me parecen sus poemas, pues pocas líneas hay que no contengan pasmosos aciertos de imágenes o de pensamiento. Cala en quien la lee. Cala por el mensaje que transmite, que es el de todos, en su materia versal. Dueña de una fuente inagotable de creación poética. Deslumbrante, profunda y conmovedora a un tiempo. Son ideas que, en unión con la forma, logran esa poesía que a mí tanto me gusta por ser original, infrecuente. Su filosofía interna me asombra. La admiro! Como un grito pronunciado desde la colina, su verso se identifica con la resonancia bíblica de la inspiración, en gran hondura y sentimiento. Lo angustioso y vital del poeta tienen cabida en su mensaje. El trabajo sublime palpa -noche a noche, recinto a recinto, en cuarto oscuro o en rincón clandestino de ruidos y vasos-, en la inflexión propia, el sentido de la subjetividad lacerada. Su apoyatura a la vida hace que el tono produzca una experiencia entrañable bajo una rara evaluación de palabras inventadas como luciérnagas por la supervivencia. Desde la intimidad donde parapetarse, ella escribe libremente, superando padecimientos, y nos procura un brindis ab imo pectore, cuyo signo de valor irrenunciable proporciona la lírica mutación de una mujer en palabra aguda e inequívoca, en victoria sustancial divisada aunque sea desde el pequeño promontorio de la literatura.

Convertida, según se tercie, en poeta, prosista o dramaturga, sus tres plataformas de autora, Encarnación Ferré queda en sus trabajos como una crónica elegida del mundo y para el mundo; como un estilo ensimismado pasando páginas de secretos en medio de relámpagos; como una persona en estado de ánimo alineante o como una flor acicalada de complacencias y relumbres.

Aplaudo su quehacer, sin olvidar que la terca y ennoblecedora voluntad es signo de hondura y de esperanza, siempre a sabiendas de que la aventura exigente de la palabra escrita es ante todo una realidad terrestre que no ha de desprenderse de sus alas soñadoras. ¿Es que, en el fondo, existe mayor ahínco y más intenso arraigo de alma que el beso urgente de belleza y amor? Toda la tentativa sobre las residencias en lo cotidiano conlleva su subida a la emoción de las raíces.

Insisto en el hecho de que late y vibra su sustancia de mujer literaria y carnal  persona superando a la sociedad mediocre, mercachifle y politiquera que nos rodea implacablemente. De una sociedad que lo mismo aporrea el silencio que el grito, pues las tormentas amenazan los mismo desde dentro que desde fuera, pero Encarnación Ferré ha sabido poner su canto a salvo y buen recaudo en la comunicación con los demás, esos que somos sus devotos lectores.

Con el fervor de mi afecto firmo estas líneas como acendrado homenaje a la gallardía de esta fémina de las Letras, de quien elogio su poder literario junto a la evolución de su personal y grandioso espíritu, por haber obtenido en su persona y en su obra la distinción espiritual de su talento.

Mario Ángel Marrodán

Poeta

Artículo de Fernando Aínsa

Pueblicado en  * Revista Crisis, Nº 09, Junio 2015 (Páginas 85-86)

 

EL INEVITABLE VIAJE A LAS BODEGAS DE LA DESOLACIÓN

DE ENCARNACIÓN FERRÉ

Inicialmente, la lectura de esta obra de Encarnación Ferré demuestra que no es este un viaje en vano, ni gratuito, ya que los géneros literarios más diversos pueblan sus páginas, donde los recursos narrativos y poéticos se despliegan e intercambian con solvencia. No faltan reflexiones filosóficas como la inicial: “Principio y fin son una misma cosa. Recorremos un túnel al nacer y a otro nos asomamos cuando la vida acaba”; consejas prácticas: “Quedémonos aquí, pues que al que camina sin saber dónde va debe darle lo mismo avanzar, ir despacio, no moverse. Todo, menos pisar de nuevo las huellas que dejó”; sugerentes aspiraciones: “Debiéramos poseer un sexo la mitad de nuestra existencia y la otra mitad otro”; o interrogantes metafísicas:”¿Dónde están quienes fueron proyecto pero nunca llegaron a existir?”.

En esta suerte de viaje iniciático, la memoria desempeña un papel fundamental, ya que tan solo ella “tiene capacidad para hacer vivir de algún modo a los muertos” y está presente en los tres textos que componen el libro: Viaje al interior, Crónica de la huida del tiempo y Poema de invierno[1]. Memoria dolorosa, triste comprobación de que “cabía esperanza cuando había futuro. Ahora no lo hay”, o su variante “Ahora, figuras del pasado vagan difuminadas. Maniquíes son”.

 Una lectora traslocada en personaje

Relato fantástico con animales antropomorfoseados como la gata Olimpia, que acompaña a Iris y su madre, la Alondra (“instalada en esa esfera ucrónica en ka cual ya no cuenta el calendario”); este exilio ascendente a la gruta escondida en lo alto de una montaña es “una sentida elegía por la desaparición de la madre”, como sugiere José Luis Calvo Carilla en el prólogo. Se trata de un viaje interior no solo de sí misma, sino un territorio que se explora reelaborando textos clásicos que Encarnación Ferré conoce bien por haberlos divulgado para estudiantes de secundaria (Clásicos en el aula, 2015).

¿Novela alegórica, novela lírica, texto poético donde se pueden escuchar “murmullos con poder inmenso de realidad”? Viaje al interior es todo ello y se debate entre diálogos filosóficos y de sabiduría popular expresada en dichos y refranes con que se adereza un texto de no siempre fácil lectura, ya que la lectura, a su modo, es también protagonista. “Leer es traspasar fronteras hacia lo excepcional. Y, una vez cruzadas, ves los rostros y escuchas las voces de seres impalpables que pueblan los escritos”, se nos dice a modo de invitación, por lo que la lectura de la nouvelle de Lito y Turuleque que se intercala de forma fragmentaria en el texto, provoca en Iris un original deseo: introducirse dentro de aquel libro. Para ello busca “resquicios por los que penetrar”, esa “frase delatora” que marque el punto exacto en que confluyan ambos universos. Cree así descubrir el “poro por el cual es factible penetrar” y llega a sentir la fuerza irresistible que succiona su cuerpo y produce la traslocación.

La gata Olimpia, pragmática y poco idealista, considera que tal pretensión la condenaria a ser una extraña y que no hará otra cosa que perderse por los vericuetos que tiene cada época y lugar. En resumen: “Te sentirás presa de una soledad irremediable”, “Soy esa mujer que leyendo un libro ha penetrado en él”, se dice Iris después del momentáneo éxtasis del que regresa tras haber formado parte de esas páginas que “se autopergeñaron sin que ninguno acierte a saber cómo ni cuándo ni por qué”. Ante el desorden de hojas de un libro que van sueltas y carecen de numeración, donde es difícil conocer si aquello que se lee ha sucedido antes o después de lo ya leído, Iris busca huellas de su  paso en el libro que está leyendo para toparse con personajes ubicuos que están al mismo tiempo en las hojas de los libros y en la vida real o con lectores que quieren olvidar un mal libro que han leído y se lavan con frecuencia la cabeza, tratando de borrarlos de su memoria sin lograr hacerlo: el libro sigue allí, incrustado.

 Un profundo desasosiego

En Crónica de la huida del tiempo Encarnación Ferré prolonga el “diálogo socrático” anterior, consciente de que “doy pasos y tal vez no los doy porque, aunque camine, no voy a ningún sitio. No hay lugares que logren complacerme”, insatisfacción y desasosiego que la embarga para preguntarse “¿por qué aspiramos siempre a lo que no tenemos?” y sufrir la “contorsión de anhelar estar donde no estaba”.

Un desasosiego sobre el que sobrevuela la muerte -la Desdentada, la Dama-, sombra ominosa que está omnipresente y para cuyo desafío inevitable hay que aprender “el arte de morir”, a fuerza de dolor, sabiendo que “todo, sin excepción, debe acabar más tarde o más temprano”. En definitiva, no somos más que “barcas que van hacia la mar con las bodegas llenas de dolores”, aunque pueda ser “dulce morir abrazado a un recuerdo”. Sin embargo, morir no es fácil, ya que no basta con quererlo para que se evapore el alma.

Los interrogantes se multiplican: “¿Morir será ceñirse con fuerza a lo que amamos, o, al marchar al inmenso horizonte, habrá que renunciar a los mundos minúsculos que dentro nos habitan?”; “¿Durante cuánto tiempo pude alguien mantenerse en combate con él mismo?”. Se trata de encontrar respuestas que “espanten la sospecha de vivir para nada”.

“Abrumadora confesión” que Ferré prolonga en Poema de invierno, ya que “hay cosas que contadas son insignificantes pero calladas matan”. Mientras va dando “zancadas hacia el camposanto”, el espejo es testigo de su decrepitud y “refleja la huella que dejó cada noche de llanto”. Se trata de sobrevivir del modo menos doloroso posible, pues “conocer provoca sufrimiento”, aunque se imponga, poco a poco, el inexorable: “¡Es hora de partir!”, sabiendo que “solo mi equipaje interior podré llevar conmigo”.

Con voz resignada en este Poema de invierno, estación terminal de la vida, Encarnación Ferré insiste en que no hay desazón que valga. La muerte no debe ser buscada:”Ella nos hallará. Es infalible. La muerte nos habita”. De nada vale el esfuerzo por seguir en la proa -nos dice a modo de final advertencia-, ya que “se hace inevitable bajar de vez en cuando a las bodegas de la desolación”.

 Mi propio “viaje interior”

Confieso que no he leído todavía la recomendable Saturna (2005), ni las Memorias de una loca (1993) de Encarnación Ferré. Al término de la lectura de este Viaje de la prosa al verso, me digo que mi propio “viaje al interior” de la obra de esta autora, que descubro a partir de una profunda simpatía personal en el trato amistoso y afable que me procura compartir con ella los avatares de la revista Crisis y la Editorial Erial, está inconcluso. Me hago el propósito firme de leerlas y, tal vez con suerte, como la que tuvo Iris en Viaje al interior, poder penetrar en sus páginas y permanecer en ellas con la misma satisfacción vivida en esta oportunidad.

[1] Estas tres obras aparecen publicadas juntas en el libro Viaje de la prosa al verso de Encarnación Ferré. (Erial Ediciones. Zaragoza, 2016).