Memorias de una loca

LA INQUIETANTE PRESENCIA DE LA LOCURA.

(Introducción a Memorias de una loca, de Encarnación Ferré)

Por Antonio VILLANUEVA

Figura en El trastorno afectivo en las obras de Encarnación Ferré: Memorias de una loca y Pasión y locura de Sebastiana. Editado por el INSTITUTO ARAGONÉS DE LA MUJER. (Zaragoza, 2007)

 

El tema de la locura ha tenido un enorme tratamiento literario y científico. En realidad, no es sólo un asunto sobre el que escribir, sino uno de los campos de acción del ser humano, eternamente escindido entre el ser y la nada, la acción o la reflexión, la lógica o la ilógica. El par locura / cordura se relaciona, entonces, con otros polos de actuación de ese curioso primate evolucionado que es el hombre: racionalismo frente a irracionalismo, ciencia y espíritu, imaginación contra realidad… Ninguno de esos términos puede definirse por sí mismo, sino teniendo en cuenta a su antónimo. Cada cosa se conoce mejor por lo que no es. Significamos por oposición, como quería el filósofo Gaston Bachelard.

Así pues, no es extraño que se haya planteado en múltiples ocasiones la pregunta de quién es en verdad el loco: ¿el que pasa por tal o quien es tenido por cuerdo? Y que incluso se haya propuesto la inversión de términos, como hizo Erasmo de Rotterdam en Elogio de la locura. Un género inquisitivo que tiene múltiples variantes. Calderón de la Barca, en La vida es sueño, inquiría si vivíamos o soñábamos. Juan Rulfo, en los cuentos de El llano en llamas, mezclaba a los vivos con los muertos. Y lo mismo hacía, más recientemente, Alejandro Amenábar en películas como Abre los ojos o Los otros, en las que seguía la estela de otro famoso filme americano que ha marcado época, El sexto sentido. La mezcla de apariencia y realidad, de vida y muerte, está en la base de muchas de las mejores obras de ficción tanto del cine (las películas de Alfred Hitchcock, por ejemplo) como de la literatura (los relatos de terror de Edgar Allan Poe, la novela gótica).

Vivimos entre la realidad y el deseo, entre el sueño y el suceso, presos eternos de la disyunción hamletiana del ser o no ser. Tenemos miedo a elegir. Miedo al error. Y es que las fronteras en el mundo real no son tan claras como las que levanta nuestro poderoso andamiaje intelectual. Entre un sí y un no, entre el cero y el uno (on y off son el ying/yang de nuestro sofisticado mundo tecnológico de hoy), media un abismo, al menos en la teoría. Pero en la práctica… todo es más oscuro. La lógica actual es fuzzy logic, lógica difusa, razón confundida. Contra nuestros temores, levantamos los conceptos, nos confiamos al intelecto y a su creación, la tecnología, en busca de seguridad. Los casos que más nos gustan son los que podemos clasificar sin problemas, con total certeza, descartando la equivocación: esto en esa casilla, aquello en la otra. Amamos los procesos mecanizables, aquellos en los que podemos delegar nuestra responsabilidad de decidir. La máquina no es más que nuestro sustituto, en realidad un lavadero de conciencias que se niegan a asumir el peso de sus propias decisiones. El tótem que levantamos ad maiorem hominis gloria es también nuestro tendón de Aquiles, la prueba de nuestra debilidad.

Siempre hay algo que se nos escapa, algo que no encaja tan perfectamente en el esquema, algo que no sabemos automatizar. Los casos límite, los difícilmente catalogables, nos devuelven una imagen de nosotros mismos menos homocéntrica de lo que querríamos. No somos tan superiores ni tan magníficos ni tan imprescindibles. Podemos cantar cuantas loas queramos a la civilización, al progreso y a la técnica. Pero somos mortales, somos falibles, somos insignificantes. Fallamos y eso es lo que nos hace evaluar constantemente. Nuestros métodos (“método” significa en griego “camino”) no son seguros y, por eso, son revisables, deben serlo necesariamente. Somos frágiles.

Lo que es regular no nos inquieta, pero sí lo hace la anomalía, lo que se sale de lo normal. Lo irregular es más bello, más sugerente. Nos provoca y nos atrae, desafía nuestra inteligencia y perfecciona nuestras metodologías imperfectas. Las artes, cualquier arte y el arte poética especialmente, nos ayudan en esa tarea de mejora. Denunciar el error no es sólo un imperativo moral: es una necesidad del propio sistema que, de absolutizarse, nos llevaría al desastre. Las posturas conservadoras son algo más que un problema de inmovilismo, son cuestión de comodidad o de incomodidad asumida por temor (el tópico del “más vale lo malo conocido…”). Necesitamos que, periódicamente, el artista nos ponga a prueba. Él es no el cantor de nuestras preces –eso queda para la “cultura” subvencionada, para los del pesebre oficial–, sino de nuestras heces. El rapsoda de nuestras miserias, el salteador de la honra de nuestras hijas, el “maudit” al que no querríamos oír.

Todas las religiones necesitan herejes, porque sin ellos el dogma se convierte en Dios. Ellos son los que nos ponen a prueba, los que pueden cambiar las cosas, imponer una nueva visión. Aunque los matemos –¿no fue eso lo que hicimos con Jesucristo, con Gandhi, con Luther King…?, ¿no es eso lo que pasó con Mozart, con Cervantes, y aún pasa con tantos otros creadores que dejamos morir en el abandono, la miseria o el descrédito más absoluto?–, aunque los matemos de una u otra forma, digo, por acción o por omisión, aunque la emprendamos contra el mensajero porque no nos gustan las noticias que trae, ellos siempre triunfan e imponen su voz. Sencillamente, proponen un camino mejor, así que… ¿para qué seguir por el viejo?

El genio es trasgresor, el gran intuitivo, el que ve más allá, el que va más lejos. El hombre libre que asimila la tradición legada por sus mayores y la desborda modificándola en un sentido innovador. Científicos, poetas, filósofos, políticos pueden, a fuerza de talento, mejorar la comunidad a la que pertenecen. Aunque, eso sí, el precio que deben pagar es demasiado alto. A veces, la misma vida. Otras, el olvido. O, quizá, la locura (Van Gogh, Nietzsche, Kafka…). Y la definitiva rehabilitación, un siglo o dos después de su muerte. Vivir en los límites es peligroso, ser reformador social tiene sus riesgos.

Así pues, habitamos un mundo que se mueve entre la razón y la sinrazón, vivimos una vida que oscila desde el positivismo a las vanguardias, entre el orden (cosmos) y el desorden (caos). El hombre es un pobre hombre. Un ser perplejo al que le cuesta salir de su perplejidad. Por eso duda, y teme, y prueba, y se equivoca. Y vuelta a empezar. Necesitamos al líder, queremos al gurú, al ídolo carismático al que seguir ciegamente: un rockero, un estadista, un vate… Queremos creer en el Hombre, pero en realidad a quien buscamos es a Dios: tenemos miedo a morir, estamos absurdamente condenados desde el principio a ser abono de la tierra. Necesitamos a los dioses para robarles el secreto de su inmortalidad.

La locura tiene un prestigio casi sobrenatural. Al genio se le supone locura superior, como cualidad cuasi divina. Le atribuimos intuición extra-normal, ciencia casi infusa, revelación espiritual, conexión cósmica. Platón distinguió entre la “manía” del loco normal y la “folía”, la locura extravagante e inspirada, el rapto del poeta nimbado de eternidad.

La locura nos inquieta y no solo la vemos en los grandes de la humanidad. Hay ciertos grados de ella que también apreciamos como vinculada a la genialidad. Por ejemplo, Don Quijote es el prototipo del loco idealista al que no podemos dejar de admirar. El fool del teatro de Shakespeare, el bufón que dice verdades que nadie más alcanza a ver, es también un visionario. O la locura transgresora de Don Juan Tenorio. O la del doctor Frankenstein. El augur y el arúspice, la bruja, el adivino, el chamán…, son magos con algo de locos. Locura y magia: dos talentos que, en muchas ocasiones, han ido de la mano.

Locura y picaresca también han ido juntas en las historias de los inspirados pillos de nuestras novelas clásicas, lazarillos y rinconetes que han hecho reír a miles de lectores. Paradigmática de esta locura pícara es también la novela histórica de Robert Graves Yo, Claudio, narración de la vida de un emperador que se fingió tonto inteligentemente para sobrevivir en la depravada Roma de su tiempo. Yendo a un ejemplo más actual, podríamos citar Juegos de la edad tardía, del novelista Luis Landero, cuyo protagonista, Faroni, se inventa una realidad esplendorosa a partir de su oscuro día a día. Lo real y lo soñado nuevamente juntos. La irremediable dualidad del ser humano que, en su punto más degradado, le lleva a la esquizofrenia y, en su grado más sublime, lo eleva hasta la genialidad.

La locura, pues, nos intimida. No podemos clasificarla a un lado fijo de la escala. No podemos atribuirle siempre la misma casilla, donde sepultarla en el olvido. “Locura” es un concepto deslizante. Ella es también genio, intuición, picardía, visión del más allá. El loco es inquietante, provocador, resulta acaso subversivo. Con él siempre hay que andarse con cuidado. Es imprevisible e intranquilizador.

Cuando la literatura o el cine se han ocupado del loco como tal, del catalogado o diagnosticado como enfermo mental, dos son los caminos que se han seguido principalmente. El primero consiste en la crítica de las instituciones y prácticas psiquiátricas. Por ejemplo, la película Alguien voló sobre el nido del cuco, protagonizada por un Jack Nicholson inconmesurable, es un duro alegato contra los manicomios y la lobotomía, una oscura técnica hoy abandonada que, en los años 50 y 60, en los Estados Unidos, zombificó a más de cincuenta mil personas a las que se extirpó una parte de su cerebro, dañándolas irreparablemente de por vida, en nombre de supuestos falsamente higienistas. Un autor aragonés, Silvestre Hernández, en su novela Voces del silencio, critica otra práctica psiquiátrica: el electroshock, que él propone sustituir por la terapia como único modo de llegar de las causas a las consecuencias.

El otro camino es el que ha emprendido Encarnación Ferré en su novela Memorias de una loca (1974), finalista del premio Planeta: la visión intimista de la locura. Por supuesto, este camino no excluye al anterior. Se puede –se debe— criticar lo establecido y, al tiempo, hacer comprender qué pasa en la mente del loco, mirar la vida como él, con su mirada y perspectiva. En realidad, los actos de comprensión no son más que actos de generosidad: ponernos en lugar del otro. Y eso ha hecho la escritora.

Encarnación Ferré ha indagado mucho en el tema de la locura. Por algo ha cursado el doctorado en Psicología. La mente humana ha sido para ella campo de estudio desde el punto de vista científico y también desde una perspectiva más artística, literaria. De su novela Memorias de una loca, ella misma ha preparado hasta tres versiones teatrales diferentes, cambiando el orden de las secuencias, obteniendo así significaciones distintas en cada caso. Un curioso estudio de la interpretación, hecho a partir de una sola trama en la que únicamente se altera el discurrir cronológico de los acontecimientos.

En otras obras suyas aparece el tema de la dualidad humana. Por ejemplo, en El tributo del dios Jano, cuyo protagonista es el esquizofrénico dios bifronte de la mitología clásica, escindido en la escena en dos personas dramáticas de acuerdo imposible: Delante y Detrás. Encarna comprende muy bien la terrible soledad en que viven los locos, esa insufrible incomunicación del psicótico. Capta perfectamente los estadios de pena y dolor. Véase, por ejemplo, su obra de teatro La hija predilecta de los dioses.

Posiblemente, el ensayo más directo de Memorias de una loca haya sido su otra novela de 1974, Hierro en barras, la historia de una mujer, llamada Teresa Medina, encarcelada por asesinato. Ambas narraciones, la historia de Teresa y la de Sebastiana-Flora, protagonista de Memorias de una loca, presentan coincidencias. Por ejemplo, las dos están contadas en primera persona, por una mujer solitaria e incomprendida que vive en un espacio clausurado (cárcel, manicomio) y en un ambiente terrible, de corte naturalista; las dos protagonistas son asesinas, tienen tendencias suicidas y proceden de un ámbito rural (los pueblos de Pinillos y Corcobillos, trasunto quizás del Monzón natal de Encarnación Ferré); a las dos les obsesiona el tema de la maternidad; las dos han sufrido circunstancias desgraciadas en su infancia y juventud; las dos sufren una cruel falta de amor y el desarraigo que sienten les conduce a una permanente sensación de infelicidad…

Tras ese primer acercamiento al mundo de las pasiones y las pulsiones femeninas que fue Hierro en barras, Encarnación estaba en condiciones de abordar un proyecto de mayor calado. El resultado es Memorias de una loca, hasta ahora su novela de mayor proyección y complejidad. Rosario Ferré, profesora y crítica literaria, hermana de la novelista, ha realizado un magnífico y detallado estudio de la obra, por lo que resultaría ocioso repetirlo aquí. Voy a referirme, sin embargo, a Memorias… de un modo más general.

La obra se estructura en dos partes, separadas por una hoja en blanco. La primera parte es la historia de una mujer llamada Sebastiana, pero que prefiere presentarse como Flora, en un primer guiño al lector que le pone sobre aviso en cuanto al estado mental del personaje. Sebastiana-Flora es desdichada, vive en el pueblo de Pinillos, no ha conocido a su madre y la echa muchísimo de menos, vive tiranizada por su padre, el avariento y mezquino boticario al que todos odian en el lugar. Ella recuerda su triste vida en el café de una estación, al que acude cada día y donde espera la llegada del tren que le devuelva a su hijo Ángel, del que en realidad no tenemos pruebas de que exista. Sebastiana recuerda a los personajes de Samuel Beckett, esperando eternamente a Godot.

La segunda parte, tras la página en blanco en la que la autora declara que se podría escribir lo que se quisiese (puesto que la historia de los locos es imprevisible), es la historia de Lourdes Somosierra Peña, que se hace llamar “Lurdes”, sin la “o”; una convicta encerrada en el psiquiátrico por matar a su padre y, según parece, reincidente en el crimen, una vez en el manicomio, asesina a una joven compañera enferma de dieciocho años, Margarita.

Ambas partes cuentan la historia de la misma persona, la loca Sebastiana-Flora-Lourdes-“Lurdes”, a la que acompañamos en su recorrido de desamor y abandono, lo que le lleva a “asesinar” a sus verdugos, aunque en realidad no tenemos certeza de que se trate de asesinatos reales, sino más bien de ajustes de cuentas con un pasado horrible del que ella quiere huir.

La novela es un interesante estudio de una mente esquizofrénica y una crítica sagaz de la institución psiquiátrica, supuestamente reintegradora del individuo a la sociedad. Podría resultar interesante estudiar a fondo los mecanismos sintácticos y semánticos de coherencia y cohesión en el texto novelesco, algo que aquí no podemos hacer por falta de espacio. Y es que esta obra lleva al límite el concepto de unidad textual. La protagonista cambia de nombre, incluso de personalidad y de pasado, puesto que entre los episodios de infancia y juventud de las dos partes hay convergencias, pero también divergencias, de manera que unas pistas apuntan hacia una única identidad de las protagonistas y otros detalles parecen sugerir lo contrario.

Novela heterofónica, en la que no importan demasiado ni el tiempo ni el espacio, la polifonía vocal del texto se ve contenida por un título que da unidad: Memorias de una loca, si bien el lector se siente atrapado en la locura del personaje y tan desorientado como él en una historia cuyos resortes nunca llega a dominar por completo. Encarna mezcla prodigiosamente lo real y lo soñado, lo sucedido y lo pensado, traspasa al lector las sensaciones de la criatura, de manera que sienta su dolor, su angustia, su miedo. Al final, no sabemos si el hijo de Sebastiana, Ángel, existe realmente, si los asesinatos del padre y Margarita son reales o solamente símbolos freudianos de ruptura con el pasado. Podría entenderse que el autoritarismo del boticario muere con él o que la adolescente que Lourdes no quería ser, frágil y sin criterio, desaparece con Margarita.

Memorias de una loca es una interesante contribución al conocimiento del extraño mundo de la locura. Gracias al talento de Encarnación Ferré, vivimos con las protagonistas, dentro de su mente y de su alma, esa realidad angustiosa y solitaria que es la vida psicótica, los enigmas que le plantea la existencia, las imprevisibles soluciones o respuestas que ofrece, presionada por ellos.

En el universo de la locura, hay un planeta más, un libro-estrella rutilante, obra de una aragonesa: Memorias de una loca, de Encarnación Ferré.

Antonio Villanueva

Profesor de Literatura