«La vida empieza en Yogue» por Pablo Saz

Cuando comienzo a leer La vida empieza en Yogue de Encarnación Ferré me encuentro con algo impactante: hasta dónde puede llegar el afán de manipulación del hombre. La lectura de la obra ha disparado mi imaginación hacia dos dianas. El respeto a la vida y a los animales, y los interrogantes de la ingeniería genética.
La idea de crear mutantes que puedan dominar y sobrevivir en el mundo se ha llevado al teatro y a la pantalla de cine, aunque también es una realidad en la mente de algunos científicos, unido todo ello a su interés por manipular la vida.
En la ciencia de hoy (quizás como en todas las épocas) se observan dos tendencias. Una la constituye el situar al hombre por encima de todas las cosas; en el centro del universo, poniendo sus intereses sobre todo lo demás. La otra considera al ser humano como una parte más de la vida, compartiendo esta con los millones de especies que entienden y sienten sus necesidades básicas; que son una manifestación del misterio y la maravilla de la conciencia y, cada una a su manera, constituye el centro psicológico de su propio existir. Algunos de estos animales se mueven a nuestro alrededor, acabados y perfectos, con sentidos capaces de ver u oír colores y sonidos que nosotros no vemos ni oímos. Son otras naciones de especies unidas con nosotros en la red de la vida y el tiempo, compañeros del esplendor y el sufrimiento de la tierra. La conciencia de los animales enriquece nuestra propia conciencia y el respeto a la vida, en todas sus formas y especies, es una forma de entender el respeto a nuestra propia vida.
Puede que mis palabras no se interpreten bien, pero voy a intentar dejar bien claro que matar a los toros no es un arte ni matar a los animales un deporte. Sostengo que es necesario respetar la vida de los animales, así como aprender de su forma de vivir y sobrevivir en el mundo.
Sobre el derecho a la vida es hoy en día paradójico que muchos defiendan todo tipo de vida animal, pero consideren como titulares de derechos a los embriones humanos solo desde la formación de la corteza cerebral en la tercera semana después de la concepción. Los embriones, antes de los 14 primeros días, son considerados material biológico utilizable. Proclaman los derechos de los ancianos y los enfermos, pero niegan el derecho a la vida de los que se encuentran en como y legitiman la eutanasia o la manipulación genética como medida eugenésica. También están quienes defienden la vivisección, la pena de muerte, y consideran normal matar al enemigo, al animal o a cualquiera que no sea o piense como ellos.
Lo que distingue al hombre de los animales es su lenguaje, su escritura -en todos los idiomas-, su capacidad de ser autoconscientes, racionales y preocupados. Sin embargo, también hay humanos que no hablan ni escriben, que perdieron su memoria por un alzhéimer, que dejaron de ser autoconscientes porque están en coma, y, aun así, respetamos su vida y los cuidamos como algo valioso. Quizás lo que más define al hombre es su compasión y su capacidad de asombrarse y de respetar y cuidar esta magnífica red de la vida, comprendiendo que forma parte de un universo maravilloso. Y sobre la manipulación genética con la finalidad de evitar el sufrimiento, la enfermedad, habrá que preguntarse en cada uno de los experimentos si evitamos sufrimiento y enfermedad o producimos más desequilibrio, enfermedad y sufrimiento.
El conocimiento, para mí, es una de las bases para educarse en el respeto a la vida y la naturaleza, porque el conocimiento basado en la manipulación de la vida solo es síntoma de una profunda ignorancia. El verdadero conocimiento de la vida va unido a la capacidad de respetar su proceso y maravillarse ante él.
Pablo Saz Peiró
Doctor en Medicina