La dimensión lírica de Encarnación Ferré por Mario Ángel Madorrán

Comentarios de Mario Ángel Marrodán  (En correspondencia privada)

Comenzaré diciendo que los poetas estamos encarcelados en unos cuantos libros; luchando y amando con los versos para desbordar a la indiferencia, pero solo es un intento. En el grano de nuestra siembra se esconde la ternura del poeta. Un poco quijotes, marionetas, maníacos y a veces líderes, no olvidamos la fuerza de oposición que tiene contra nosotros el oro y el pesebre, mas no por ello renunciamos al don de escribir. (Recordemos la epidemia de pedantes en sumisión y medra que nos rodea; que hay aquí y ahora. Colaboramos desde lo independiente con el pueblo. No perdemos por ello un ápice de intimidad elaboradora. Respiramos mejor y más seguro así, sin mandatos oficiales, que son los que hacen menos meritorio nuestro esfuerzo. Ese esfuerzo hecho milagrosa realidad en las letras de molde; aquellas que nos dan buena salud y nos permiten no enfermar de asco.

Continuaré diciendo que nuestra potestad es de roca. La roca Tarpeya del escritor. De roca debe ser nuestro pecho para aguantar tantísimo a los inclementes asesinos de la belleza en la charca de la creación que dan la espalda al mensaje. Pero no claudicamos. No podemos ni debemos claudicar porque sucede que, ahora que el hombre de verdad tiene un dolor amargo en el alma, una amargura personal en su corazón, ahora más que nunca el hombre necesita de la protección poética con que bien acompañar a su negra soledad. A la varita mágica de la buena voluntad considero el mejor tributo femenino para ennoblecernos y hacernos, a los hombres, algo así como entes sensibles, patrimonios simbólicos, diosecillos terráqueos…

Terminaré diciendo que nos dicen que sobramos, pero no nos vamos. Seguimos porque tenemos que seguir. No nos quieren, nos detestan, pero nosotros les amamos y les cantamos. Aunque el absurdo y rutinario mundo de ahora resulte imposible meter en el poema, los poetas pretendemos el milagro. Los poetas-gaviotas cuando el caballo mercantil cojea. Los poetas-huerto para que no se derrumbe la murallas. Los poetas-alba que hacen sobre un mapa de amor más socorrida, más anímica y más diurna la vida. Tenemos derecho a disponer de una antorcha, a pulir la joa que nos ha sido encomendada. Cuando la dignidad literaria es camarada de la dignidad humana, las páginas ilusionadas de los que estamos un poco locos -pero a gusto de serlo- redoblan intencionadamente por encima de todo y de todos. Por eso hago mío y comprendo el solemne propósito de nuestra canción volandera: proseguir en alto vuelo poético.

A tenor del móvil de mi estimación que a la obra de Encarnación me impulsa; esa obra que degusto con verdadero deleite (tanto en el intimismo que en ella subyace cuanto en su enjundiosa entidad lírica), me asalta el atónito espasmo de la revelación subconsciente de esta asombrada y asombrosa poeta, hija de la desvivida pasión por aprehender un lenguaje que pugna por no desertar de sus emocionales estremecimientos. Temas trascendidos que le advienen a su autora de la hipnosis de sus desvelos entre oníricos y a sabiendas de que las ideas y los conceptos son necesariamente válidos para entramar la estructura formal del poema.

Por rigor ético, oso desenterrar la víscera del ente autor de este libro endiabladamente fustigador, que nos hiere y maltrata. Porque sirve de ejemplo de una audacia al desnudo. Audacia de dama que, con acerados sarcasmos, se hace de uno mismo y se comparte, en muy buena forma de libro gratificante y apto para remover olvidados estímulos.

La obra lírica de Encarnación Ferré, con buen criterio estético, se cimenta en la cuestión palpitante de su original personalidad literaria. Nos alumbra como el sol y nos guía como la buena estrella. Un alma que se explaya con otra alma: esta es su poesía; voz de gran altura y sentido<, relevante, a la vez que tierna y efusiva. El espíritu poético de la autora se manifiesta con delicadeza pero sin fingimiento. Esto es, con fina sinceridad. Autora que es propietaria de un estilo poético controlado por la sensualidad confidencial, tal como la buena literatura lírica reclama y exige.

(Aquí me haré eco de la historia de su elaboración.) Encarnación Ferré lleva impreso el deseo de motivación como estilo de creación humana. La entrega presenta el entusiasmo aunado a la belleza de la palabra, la preocupación junto a las aves voladoras de la forma imaginativa. Por tanto, este intercambio entre cosmos y espíritu viene bien al arduo propósito de la solidaridad poética para superar la chatarra de nuestro presente.

La trayectoria de la obra poética de Encarnación Ferré no admite parentescos ni opción a ficharla o encasillarla en una escuela determinada, cultivada por la mayoría de los poetas. La fidelidad a sí misma afirma, desde lo recio del mensaje, una corriente estilística y temática que lo clarifica, que lo enriquece, que hace consiga nuevas formas de personal parentesco.

Este libro lírico de Encarnación nos proporciona en su lectura un primor de intimidad, junto a una fervorosa memoria de su corazón. Todo lo cual ocasiona la relevancia particular de esta escritora. Del amor infinito es un regalo espiritual en cuyo contenido se transmuta la mente, se embarga, por su vigor, belleza y altura conceptual. Aquí el poeta se da cálida y encendidamente -por esa fuerte atracción que ejerce, por la magnífica eclosión poética que impacta- sabiendo que solo poetas como ella pueden traer al mundo la verdad, el amor y la belleza con fuerza expansiva y elección imaginativa, reflejo interior de la búsqueda personal del conocimiento. Aquí se habla del amor como de un fruto-trigo que florece en los campos y se inunda también de olas marinas y peces de colores, de redes y de alas ilusionadas. Siempre en el dolor hay un gran deseo: su liberación próxima y temprana.

Encuentro que estas son las notas esenciales de su poesía: la intimidad (con carga vitalista y muy empapada de la búsqueda esencial del misterio que conlleva la vida), la prueba suprema del problema esencial del hombre genérico, la muerte total, donde uno se queda conmovido con lo que Encarnación dice. Y la aparición de la esperanza y su sentido, o, al menos, al anhelo de ella.

A puñados del corazón, superando lo manido de antes y la ñoñería novísima, ofreciendo una plena aportación de autora con claras raíces llevaderas a la comunicación de sueños y secretos, filosofías del amor, bellezas y mensajes, introduce a su lector en la comunicación polipoética. No en vano Encarnación apenas si goza de pausa, lo que evidencia que la poesía es un espejo en el cual el poeta se mira y constata su decadencia vital como ser humano, pues, a medida que pasa el desbordamiento, llega la crisis otoñal, pero no tanto como para cerrar el ciclo poético de la autora.

Su poesía se sustenta, ante todo, por el sentimiento que pone para versar poemas de un interés humano y en pro de un mundo algo mejor, mucho mejor, que el nuestro. Versos emblemáticos, capaces de hacernos comprender que la belleza por la belleza no es lo verdadero, si no corriese la sangre humana por debajo de la palabra del poeta. Sus poemas están llenos de experiencia vital, en luz y en sombra, en risa y lágrima, en amor y dolor, y están escritos con rigurosidad implacable. En sus versos hay una gran agitación metafísica, una gran pregunta a la que solo puede responder la Fe, una especie de denuncia sin remedio. Tolerante con todos, cual se debe ser, como poeta exige únicamente una conducta intachable en la vida de todos los días. Preñados de belleza y sustancia están sus poemas. Su esencia femenina presentada en versos, corrobora que a lo más hondo y humano de los afines sentimientos se conecta por media de un “fusible” que permanece al dictado de la mente seducida por el milagroso encanto de la inspiración. Entre mil sueños, que a veces la inundan y otras la desvanecen, sentada ante la página en blanco, invita a otras vidas ávidas a participar de la suya: una especie de contacto ideal en que buscar cobijo. Cuando se encuentra en silencio -en ese diálogo consigo misma, en esa dialéctica íntima; con la pena que inunda y el pesar que avasalla- ansía una existencia muy difícil de hallar, de encontrar y alcanzar. Por eso nos descifra su interior; para que la conozcamos mejor a través de las controversias escritas de su ser.

Su dedicación creadora la hace poseer una importante y sostenida calidad que yo saludo como singular valor dentro de las apariciones de los poemarios originales. Nos ofrece en sus versos algo tan notorio que es digno de merecido reconocimiento. Para mí, su alma reflectante de la creadora-escudriñadora avanza hasta diseccionar la imagen interna. El lector atento encontrará los parpadeos de un corazón vívido en poesía. De un retrato viajero cuya voz personal la distingue.

La tarea de esta autora dispone de un riguroso y modelado bien decir. Yo, atento siempre a su don expresivo, me deslumbro ante esta sustancia poética que la acompaña, ante la filmación elegíaca de su íntima humanización, que traduce en el clamor telúrico del verso. Poesía de dimensiones altas y largas, de sentimiento y reflexión, entre oceánica y clamorosa. Incansable brega que deja sus huellas en el misterio-destino de la Lírica. De una lírica de sensaciones que se desgranan en ella y sobre ella como las hojas de un árbol, con la tristeza aparente (que no creo sea por la vida en sí misma sino por su constatación de lo efímera que es. De forma que creo que la poetisa ama mucho la vida y saborea cada instante).

Nadie acierta a definir a la Poesía pero la de Encarnación Ferré está intuida y captada con hermosas y sugestivas imágenes, bajo un cariz filosófico-reflexivo y con ritmo interno elaborada. Perfecta cada pieza. Así me parecen sus poemas, pues pocas líneas hay que no contengan pasmosos aciertos de imágenes o de pensamiento. Cala en quien la lee. Cala por el mensaje que transmite, que es el de todos, en su materia versal. Dueña de una fuente inagotable de creación poética. Deslumbrante, profunda y conmovedora a un tiempo. Son ideas que, en unión con la forma, logran esa poesía que a mí tanto me gusta por ser original, infrecuente. Su filosofía interna me asombra. La admiro! Como un grito pronunciado desde la colina, su verso se identifica con la resonancia bíblica de la inspiración, en gran hondura y sentimiento. Lo angustioso y vital del poeta tienen cabida en su mensaje. El trabajo sublime palpa -noche a noche, recinto a recinto, en cuarto oscuro o en rincón clandestino de ruidos y vasos-, en la inflexión propia, el sentido de la subjetividad lacerada. Su apoyatura a la vida hace que el tono produzca una experiencia entrañable bajo una rara evaluación de palabras inventadas como luciérnagas por la supervivencia. Desde la intimidad donde parapetarse, ella escribe libremente, superando padecimientos, y nos procura un brindis ab imo pectore, cuyo signo de valor irrenunciable proporciona la lírica mutación de una mujer en palabra aguda e inequívoca, en victoria sustancial divisada aunque sea desde el pequeño promontorio de la literatura.

Convertida, según se tercie, en poeta, prosista o dramaturga, sus tres plataformas de autora, Encarnación Ferré queda en sus trabajos como una crónica elegida del mundo y para el mundo; como un estilo ensimismado pasando páginas de secretos en medio de relámpagos; como una persona en estado de ánimo alineante o como una flor acicalada de complacencias y relumbres.

Aplaudo su quehacer, sin olvidar que la terca y ennoblecedora voluntad es signo de hondura y de esperanza, siempre a sabiendas de que la aventura exigente de la palabra escrita es ante todo una realidad terrestre que no ha de desprenderse de sus alas soñadoras. ¿Es que, en el fondo, existe mayor ahínco y más intenso arraigo de alma que el beso urgente de belleza y amor? Toda la tentativa sobre las residencias en lo cotidiano conlleva su subida a la emoción de las raíces.

Insisto en el hecho de que late y vibra su sustancia de mujer literaria y carnal  persona superando a la sociedad mediocre, mercachifle y politiquera que nos rodea implacablemente. De una sociedad que lo mismo aporrea el silencio que el grito, pues las tormentas amenazan los mismo desde dentro que desde fuera, pero Encarnación Ferré ha sabido poner su canto a salvo y buen recaudo en la comunicación con los demás, esos que somos sus devotos lectores.

Con el fervor de mi afecto firmo estas líneas como acendrado homenaje a la gallardía de esta fémina de las Letras, de quien elogio su poder literario junto a la evolución de su personal y grandioso espíritu, por haber obtenido en su persona y en su obra la distinción espiritual de su talento.

Mario Ángel Marrodán

Poeta