Artículo de Fernando Aínsa

Pueblicado en  * Revista Crisis, Nº 09, Junio 2015 (Páginas 85-86)

 

EL INEVITABLE VIAJE A LAS BODEGAS DE LA DESOLACIÓN

DE ENCARNACIÓN FERRÉ

Inicialmente, la lectura de esta obra de Encarnación Ferré demuestra que no es este un viaje en vano, ni gratuito, ya que los géneros literarios más diversos pueblan sus páginas, donde los recursos narrativos y poéticos se despliegan e intercambian con solvencia. No faltan reflexiones filosóficas como la inicial: “Principio y fin son una misma cosa. Recorremos un túnel al nacer y a otro nos asomamos cuando la vida acaba”; consejas prácticas: “Quedémonos aquí, pues que al que camina sin saber dónde va debe darle lo mismo avanzar, ir despacio, no moverse. Todo, menos pisar de nuevo las huellas que dejó”; sugerentes aspiraciones: “Debiéramos poseer un sexo la mitad de nuestra existencia y la otra mitad otro”; o interrogantes metafísicas:”¿Dónde están quienes fueron proyecto pero nunca llegaron a existir?”.

En esta suerte de viaje iniciático, la memoria desempeña un papel fundamental, ya que tan solo ella “tiene capacidad para hacer vivir de algún modo a los muertos” y está presente en los tres textos que componen el libro: Viaje al interior, Crónica de la huida del tiempo y Poema de invierno[1]. Memoria dolorosa, triste comprobación de que “cabía esperanza cuando había futuro. Ahora no lo hay”, o su variante “Ahora, figuras del pasado vagan difuminadas. Maniquíes son”.

 Una lectora traslocada en personaje

Relato fantástico con animales antropomorfoseados como la gata Olimpia, que acompaña a Iris y su madre, la Alondra (“instalada en esa esfera ucrónica en ka cual ya no cuenta el calendario”); este exilio ascendente a la gruta escondida en lo alto de una montaña es “una sentida elegía por la desaparición de la madre”, como sugiere José Luis Calvo Carilla en el prólogo. Se trata de un viaje interior no solo de sí misma, sino un territorio que se explora reelaborando textos clásicos que Encarnación Ferré conoce bien por haberlos divulgado para estudiantes de secundaria (Clásicos en el aula, 2015).

¿Novela alegórica, novela lírica, texto poético donde se pueden escuchar “murmullos con poder inmenso de realidad”? Viaje al interior es todo ello y se debate entre diálogos filosóficos y de sabiduría popular expresada en dichos y refranes con que se adereza un texto de no siempre fácil lectura, ya que la lectura, a su modo, es también protagonista. “Leer es traspasar fronteras hacia lo excepcional. Y, una vez cruzadas, ves los rostros y escuchas las voces de seres impalpables que pueblan los escritos”, se nos dice a modo de invitación, por lo que la lectura de la nouvelle de Lito y Turuleque que se intercala de forma fragmentaria en el texto, provoca en Iris un original deseo: introducirse dentro de aquel libro. Para ello busca “resquicios por los que penetrar”, esa “frase delatora” que marque el punto exacto en que confluyan ambos universos. Cree así descubrir el “poro por el cual es factible penetrar” y llega a sentir la fuerza irresistible que succiona su cuerpo y produce la traslocación.

La gata Olimpia, pragmática y poco idealista, considera que tal pretensión la condenaria a ser una extraña y que no hará otra cosa que perderse por los vericuetos que tiene cada época y lugar. En resumen: “Te sentirás presa de una soledad irremediable”, “Soy esa mujer que leyendo un libro ha penetrado en él”, se dice Iris después del momentáneo éxtasis del que regresa tras haber formado parte de esas páginas que “se autopergeñaron sin que ninguno acierte a saber cómo ni cuándo ni por qué”. Ante el desorden de hojas de un libro que van sueltas y carecen de numeración, donde es difícil conocer si aquello que se lee ha sucedido antes o después de lo ya leído, Iris busca huellas de su  paso en el libro que está leyendo para toparse con personajes ubicuos que están al mismo tiempo en las hojas de los libros y en la vida real o con lectores que quieren olvidar un mal libro que han leído y se lavan con frecuencia la cabeza, tratando de borrarlos de su memoria sin lograr hacerlo: el libro sigue allí, incrustado.

 Un profundo desasosiego

En Crónica de la huida del tiempo Encarnación Ferré prolonga el “diálogo socrático” anterior, consciente de que “doy pasos y tal vez no los doy porque, aunque camine, no voy a ningún sitio. No hay lugares que logren complacerme”, insatisfacción y desasosiego que la embarga para preguntarse “¿por qué aspiramos siempre a lo que no tenemos?” y sufrir la “contorsión de anhelar estar donde no estaba”.

Un desasosiego sobre el que sobrevuela la muerte -la Desdentada, la Dama-, sombra ominosa que está omnipresente y para cuyo desafío inevitable hay que aprender “el arte de morir”, a fuerza de dolor, sabiendo que “todo, sin excepción, debe acabar más tarde o más temprano”. En definitiva, no somos más que “barcas que van hacia la mar con las bodegas llenas de dolores”, aunque pueda ser “dulce morir abrazado a un recuerdo”. Sin embargo, morir no es fácil, ya que no basta con quererlo para que se evapore el alma.

Los interrogantes se multiplican: “¿Morir será ceñirse con fuerza a lo que amamos, o, al marchar al inmenso horizonte, habrá que renunciar a los mundos minúsculos que dentro nos habitan?”; “¿Durante cuánto tiempo pude alguien mantenerse en combate con él mismo?”. Se trata de encontrar respuestas que “espanten la sospecha de vivir para nada”.

“Abrumadora confesión” que Ferré prolonga en Poema de invierno, ya que “hay cosas que contadas son insignificantes pero calladas matan”. Mientras va dando “zancadas hacia el camposanto”, el espejo es testigo de su decrepitud y “refleja la huella que dejó cada noche de llanto”. Se trata de sobrevivir del modo menos doloroso posible, pues “conocer provoca sufrimiento”, aunque se imponga, poco a poco, el inexorable: “¡Es hora de partir!”, sabiendo que “solo mi equipaje interior podré llevar conmigo”.

Con voz resignada en este Poema de invierno, estación terminal de la vida, Encarnación Ferré insiste en que no hay desazón que valga. La muerte no debe ser buscada:”Ella nos hallará. Es infalible. La muerte nos habita”. De nada vale el esfuerzo por seguir en la proa -nos dice a modo de final advertencia-, ya que “se hace inevitable bajar de vez en cuando a las bodegas de la desolación”.

 Mi propio “viaje interior”

Confieso que no he leído todavía la recomendable Saturna (2005), ni las Memorias de una loca (1993) de Encarnación Ferré. Al término de la lectura de este Viaje de la prosa al verso, me digo que mi propio “viaje al interior” de la obra de esta autora, que descubro a partir de una profunda simpatía personal en el trato amistoso y afable que me procura compartir con ella los avatares de la revista Crisis y la Editorial Erial, está inconcluso. Me hago el propósito firme de leerlas y, tal vez con suerte, como la que tuvo Iris en Viaje al interior, poder penetrar en sus páginas y permanecer en ellas con la misma satisfacción vivida en esta oportunidad.

[1] Estas tres obras aparecen publicadas juntas en el libro Viaje de la prosa al verso de Encarnación Ferré. (Erial Ediciones. Zaragoza, 2016).