Viaje de la prosa al verso. José Luis Calvo Carilla

Por José Luis Calvo Carilla. Profesor de Literatura Universidad de Zaragoza

Como su propio título señala, Viaje al interior (Planto por una alondra) brinda al lector la inmersión en los desasosiegos de un alma femenina (Iris) quien, desgajada de cuajo de su madre (la alondra) por la muerte, llora las descarnaduras producidas por la brusca separación, sin terminar de habituarse a la soledad en la que la ha sumido la ausencia irremplazable de la que el poeta Manuel Pinillos cantaría como débil y envolvente tronco querido. Un destino similar para sí misma imagina Iris, cuyos pasos se verán abocados un día a pisar esa incógnita extraterritorialidad que presiente al final de su vida. No otra que el puro olvido deleznable y sin posibilidad de rememoración, cuya sola idea la paraliza como viviente e inmoviliza sus pies en el barro del camino.
Iris no viaja sola. Posado en su hombro, la acompaña el leve espíritu materno de la alondra, y entre ambas se intercambian recuerdos y confidencias. La presentización de la figura de su madre empequeñecida y debilitada por los años, el recuerdo de sus manitas cruzadas sobre el pecho o de los cristales de sus gafas, vacíos ya de su amorosa mirada, la sumen en un estado límite de lucidez cognoscitiva. (“¿Cómo la ausencia de un único ser puede dejar el universo tan vacío?”, se pregunta). Para constatar a renglón seguido que esa alondra materna sigue viviendo una nueva vida en la memoria de Iris: se ha encarnado en ella y la sigue acompañando en la cotidiana peripecia de su existencia. Pero Iris, ¿tendrá la oportunidad de gozar de una segunda vida?
La gata Olimpia, tercera viandante que brinda su compañía a Iris, despliega ante los ojos de la heroína otra nueva forma de afrontar el camino. Casi inmortal en su habilidad para sobrevivir media docena de veces como mínimo, Olimpia se manifiesta como un ser libre e imaginativo en el que la autora ha delegado el irrenunciable ejercicio de la intuición y de la fantasía.
La historia obliga a tensar la atención del lector ante ese triple protagonismo, complejo y centrífugo, provocado por los sucesivos desdoblamientos de Iris, tanto más cuanto que cada personaje de esta trinidad itinerante reúne en sí mismo varios pasados o vivencias anteriores que se evocan en recuerdos fragmentarios y difuminados. Por lo tanto, quien abra las páginas de Viaje al interior debe entrar en el juego de perspectivas que le brinda la autora y reajustar su mirada a cada nuevo lance de la historia.
Ni el espacio ni el tiempo poseen relevancia alguna para el desarrollo de una acción que con frecuencia se disuelve en inacción. Significativo en extremo es el hecho de que el espacio central de ese viaje sea una caverna donde los pequeños acontecimientos diarios adquieren una dimensión atemporal y borrosa. La imagen platónica convierte el itinerario de las tres viajeras en una apariencia de viaje o, mejor, en una inmersión espiritual enmarcada en un entorno estático de reflejos y sombras movedizas, de ruidos y silencios inquietantes y de fugaces visiones del cielo estrellado, única realidad exterior, aunque lejana e inaccesible, que las grietas de la cueva permiten entrever a las tres viajeras.
En la caverna la heroína alienta presagios y desgrana sueños, se sume en ensimismamientos y se formula interrogantes propios de un presocrático en plena niñez de la civilización. Ni las sosegadas respuestas maternas que le trae la memoria ni el contrapunto mágico de las intervenciones de la gata Olimpia terminarán de apaciguar su inquietud. Aunque “la vida es más vida estremeciéndose”, la hiperconsciencia de su condición de viviente sume a Iris en una tensión interior insoportable, y sus momentos de lucidez reflexiva terminan resolviéndose en estado de oscura confusión (“Su mente alborotada era incapaz de hilvanar algo coherente. Saltaba entre las ideas con tanta rapidez que cada conclusión venía cabalgando sobre otra…”) o en actitudes molinistas de inacción y pasividad espiritual.
¿Habrá escapatoria posible cuando piensa con Parménides que todo es uno y lo mismo? A fin de cuentas, para ella era tan azaroso el nacimiento último como el primero, por arrancar este al ser humano y devolverlo aquel a las gélidas y neblinosas entrañas de la Nada. De otro lado, alimentar expectativas de salvación personal ante el misterioso abismo futuro estaba resultando una carga demasiado pesada para que la viajera pudiera soportarla durante todo el camino: su volumen crecería en proporción a su sed de comprenderlo y, por lo tanto, su esfuerzo iba a resultar a la postre baldío, ya que corría el riesgo de sucumbir aplastada por su peso.
Iris disponía también de otras opciones para esquivar la absurda encerrona de la existencia. Tal vez las había leído en las novelas de su amigo y corresponsal Ramón J. Sender, quien, a la hora de encontrar soluciones para despejar las incógnitas escatológicas del hombre moderno, consideraba el suicidio y la locura como vías salvadoras, en cuanto intentos -consciente e inconsciente- de disolución del ser en los orígenes y de garantizar su inmortalidad mediante su reintegración a la sustancia primordial de la naturaleza.
Considerada en su conjunto, Viaje al interior (Planto por una alondra) es una novela de virtualidades a la vez hipnóticas y desconcertantes. Puede leerse como una sentida elegía por la desaparición de la madre y como una novela lírica que no renuncia a la desbordante fantasía de un cuento de hadas. No faltan en ella los ingredientes propios de un cálido relato confesional aunque, dada la proximidad entre la narradora y la protagonista, las jugosas máximas y reflexiones que contiene lo convierten en un florilegio para guardar en la mesita de noche. Se trata de un libro nacido de la experiencia del que Pavese llamó il mestiere di vivere (Y, como el diario pavesiano, la heroína de Encarnación Ferré no solo deja constancia de sus frustraciones y epifanías diarias, sino que las re-vive reflexivamente).
No dudo que, al llegar a la última página de Viaje al interior, los lectores demandarán con urgencia un extracto -un breviario gracianesco o un manual de autoayuda al modo de Cómo vivir la vida con Proust, de Botton-. En ese sentido, la novela podría considerarse como una fábula de la condición humana aderezada con una enjundiosa taracea sapiencial en la que, a diferencia del atormentado Pavese, al pesimismo y la resignación se sobrepone el deseo de trascendencia. A pesar de bordear el abandono del camino, en su peculiar peregrinatio vitae Iris terminará optando por explorar los tramos de existencia todavía sin vivir.
Viaje al interior es también una historia de filiación cervantina. Todo el mundo creativo de Encarnación Ferré cobra nueva vida en esta novela y continúa vivo en sus personajes y en algunas de sus células narrativas. La narradora llevará con maestría este juego especular a sus últimas consecuencias: Iris, heroína de Viaje al interior, se fuga a las páginas de Saturna para compensar sus limitaciones como existente sometida al tiempo con la inmortalidad que se deriva de su vida como criatura de ficción.
La fuerza imaginativa motriz de un Quijote bien leído y entrañado está también en la base de esta nueva “escritura desatada” en la que, como en la inmortal obra de Cervantes, Viaje al interior representa el punto de convergencia de incontables vectores de la sabiduría humana a través de los siglos. Se adivina en esta novela una quintaesenciada reelaboración de numerosos textos clásicos, literarios y no literarios (políticos, ensayísticos, apotegmáticos, doctrinales, jurídicos, de espiritualidad, etc.). Encarnación, infatigable y excelente lectora, no ha olvidado si siquiera hacer un guiño de complicidad al zaragozano Rafael José de Crespo, autor de la rara imitación quijotesca en seis tomos titulada Don Papis de Bobadilla (1829). Su personaje Crispín de los Turuleques, escudero de Dos Papis, parece pertenecer a la misma familia del servicial alguacil Turuleque, cuyas andanzas ya habían quedado registradas en Saturna (2005). En este sentido, quizá no sea ocioso recordar que la prodigiosa pirueta que Encarnación Ferré realizó en esta novela -irrepetible en su deslumbrante despliegue de sabiduría culta y popular y lingüística- salió del mismo taller en el que la autora, docente experta en convertir a los clásicos en autores comprensibles y amenos para sus jóvenes alumnos, ha estado preparando en fechas recientes afortunadas y atractivas versiones abreviadas de las principales obras de la literatura universal, como Clásicos en breve o Clásicos en el aula. De este mismo laboratorio procede esta nueva novela de Encarnación Ferré, gestada casi de forma simultánea a las obras anteriores y con una reducción de ingredientes equivalente con respecto al conjunto de su obra anterior.
Encarnación Ferré ya había explorado esas fugas de la realidad de la protagonista de Viaje al interior en obras como Memorias de una loca (1993). Pero, narradora de raza como es, en Viaje al interior ha elegido otro camino para su heroína, solo reservado a los genuinos creadores: el de la salvación por el arte. Hija de sus propias obras literarias, y deseosa de pervivirse unamunianamente en ellas, nuestra novelista hace que Iris quede reducida por la magia del espejito de Alicia (el mismo que había convertido la superficie de un charco en un calidoscopio capaz de presentir los insondables secretos del universo) para dar un travieso salto a las páginas de Saturna desde el work in progress que está protagonizando.
Esra novela -el libro por excelencia dentro de la producción reciente de la autora- habría representado ya una insólita inmersión simbólica en la inmortalidad. Así lo indicaban el título de la novela y el propio nombre de la heroína (Saturna, “la vencedora del tiempo y de la muerte”). Si, como recuerda Cirlot, el tiempo es Ouroboros y remo, reloj de arena y guadaña, Saturna había simbolizado su derrota al poner en cuestión e incluso neutralizar una concepción de la temporalidad amasada de esfuerzos humanos marcados por la caducidad.
La Iris de Viaje al interior se instala en las páginas de Saturna en la convicción de que “Leer es traspasar fronteras hacia lo excepcional. Y, una vez cruzadas, ves los rostros y escuchas las voces de seres impalpables que pueblan los escritos”. Como si de un avión-ndriza se tratara, Saturna alimenta en vuelo esta nueva novela de Encarnación Ferré mediante un sutil cordón umbilical de asociaciones de ideas, sentencias, anécdotas o situaciones equivalentes. A partir de un determinado momento del relato, el viaje de Iris tendrá como contrapunto fragmentos relacionados con personajes y situaciones de Saturna a modo de microampliaciones y microdesarrollos autónomos de células narrativas anteriores, todavía vivas y en actividad eruptiva.
El reducido espacio de esta breve presentación no me permite trazar una visión más amplia de la producción literaria última de Encarnación Ferré que acompaña y contextualiza este Viaje al interior, la cual tendría que considerar aspectos tan importantes como la escritura de esta última novela a la luz de su predilección por la escritura confesional y reflexiva. De ella constituyen relevantes testimonios obras como la y citada Memorias de una loca (1993), Dietario de un profesor escéptico (2007), las varias series de sus aforismos Pensamientos audaces o su meditación sobre La naturaleza del artista seguida de una recopilación de relatos (2009).
Basten, sin embargo, estas breves líneas prologales para saludar la aparición de Viaje al interior, nueva obra de Encarnación Ferré tan cervantina y desatada de invención como hija obediente del sólido proyecto narrativo general que, desde aquella ya lejana Hierro en barras (Planeta, 1974), la autora ha venido entregando a sus lectores con generosa puntualidad. Pese a que Encarnación ha demostrado su autoridad para transitar con suma facilidad por todos los géneros literarios, Viaje al interior confirma una vez más su magisterio como singular poseedora de los recursos para construir historias y como privilegiada depositaria de los más arcanos secretos de la lengua para contarlas.