Viaje de la prosa al verso

Por Antonio Aramayona.    Filósofo

Quien lea Poema de Invierno puede constatar, a medida que su autora va desgranando ideas y emociones, que Encarnación Ferré ha concentrado en este libro la esencia más aromática de su mente y su corazón, cual perfume contenido en sencillos frasquitos, configurados como aforismos y paremias. No podía ser de otro modo: la autora ha percibido tal presión dentro de sí, tal necesidad de hacer emerger su cosmovisión en pleno atardecer de su existencia, que solo ha podido regalar sus vivencias e ideas con toda su viveza mediante la condensada concisión de las mismas. Meditaciones es Encarnación Ferré abierta en canal al mundo.
Este libro no es uno más entre su rica y nutrida producción literaria, no es una autobiografía, no es un ensayo en el que la autora haya marcado previamente distancias respecto de lo escrito, no es un tratado de filosofía, no es un mero ejercicio literario, por muy bello que sea. Este libro es ella misma en toda su pureza. Es también el tipo de libro más costoso, también más valioso que puede escribirse: el autor se ofrece al lector sin vestidos ni aditamentos, sin justificaciones, sin excusas, sin recovecos. En Meditaciones, sí, Encarnación Ferré pervive en cada línea, en cada aparente digresión, sin temor al desabrigo, a la intemperie. Como ella misma dice, esta obra es “una larga y abrumadora confesión”, necesaria, pues “hay cosas que contadas suenan a insignificancia, pero calladas matan”. Encarnación Ferré ama la vida, por muy desgarrada y desgarradora que le haya sido, y por eso cuenta esas cosas, pues, si las hubiera callado, la habrían matado (de marasmo, de oscuridad y de tristeza). A lo largo del libro se intuye que Encarnación Ferré ha escrito este libro como un ejercicio de supervivencia. En plena lucidez, a cada paso, en cada circunstancia que va describiendo a lo largo de Meditaciones, confiesa que necesita “decir aquellas cosas, que no quiero marchar sin tener ocasión de haber escrito”.
Encarnación Ferré se encuentra, en sus propias palabras, “traída” (personalmente, asocio la expresión al “arrojamiento” del que hablan los pensadores existencialistas) a un “rincón”, una “cueva interior”, a una “cueva platónica”, al interior de una “concha de caracol”. Presenta ese espacio como un refugio y, a la vez, una condena. Por un lado, grita al viento: “¡Benditos los momentos que viví anegada en pasión!”, y es precisamente esa pasión la que nos lleva a la com-pasión (es decir, a compartir esa pasión, a menudo tan agostada, tan herida). En ese espacio ruega apasionadamente al mundo que no le trate mal “puesto que no podría resistirlo”, pues allí le llegan “ecos distorsionados de la vida”. En ese espacio habitan “quienes no soportamos el trato con el mundo”, sin buscar ni encontrar consuelo o añagazas. Desde ese rincón, Encarnación Ferré decide escanciar en nuestras copas su auténtica sabiduría, la sabiduría sedimentada en su interior con el paso de las primaveras y los inviernos, la sabiduría que imparablemente le brota desde muy dentro.
Meditaciones ha sido escrito en las más radical y fecunda (también, punzante) de las soledades, allí donde “no hay gente a la que amar, trenes en que subir, milagro en que creer”. Hasta la propia identidad está por ser des-cubierta, des-ocultada. Le queda un nombre y el reflejo de tantas cosas que antaño acompañaron con el alma peculiar que poseen. Queda ella. Y eso es lo que late a lo largo del libro: ella, Encarnación.
Desde esa soledad, Encarnación Ferré está rodeada siempre por un multicolor número de vivientes, que van haciendo aparición a lo largo de Meditaciones: urracas, tardes y noches vivas (aunque algunas moribundas), hormigas, sarmientos, perros, vientos, calles, víboras, niebla, golondrinas, leones, tortugas, ruiseñores, palomas, gusanos, tallos, flores, mariposas, liebres, caimanes, ratas, cangrejos, dinosaurios… Tal eclosión de vida (y de muerte) recuerda a los estallidos nietzscheanos de la Voluntad de Poder, de la naturaleza que arrolla todo a fuerza de Vida en toda su dureza y energía.
Otras veces, Encarnación Ferré parece cercana a las cosmovisiones y talantes orientales (budismo, brahmanismo) frente al mundo y la vida. Su mirada es quirúrgicamente certera: quiere hacer su vida fácil renunciando “a cuanto sea prescindible”. Y como marco perenne de sus reflexiones, el devenir, la fluencia de la vida: “soy fuego que a sí mismo devora con pasión”. En esa misma línea de clarividencia, afirma que “el mejor y más feliz de los humanos debería ser ese que llevamos por dentro”, si bien no puede reprimir dejarse llevar también por un cierto escepticismo: esa felicidad “casi nunca es verdad. En un repliegue oscuro cada cual da cabida a un temor que le roe, un recuerdo que mata…”. Encarnación se aferra a sus verdades movedizas y nos las ofrece con sosiego (¿o es con desasosiego?): “Destruido será quien anhele en desmesura. Su afán lo matará. No te conduelas por la miga de pan que cae de tu mesa. Con ella comerá la hormiga una semana. No recojas todas las cerezas. Deja alguna para aquel pinzón”.
Otras veces, sin embargo, se declara estoica, a modo de mecanismo de defensa freudiano: “Soy estoica a medias. Las alegrías las vivo indiferente, pero las penas devastan sin piedad”. En cualquier caso, asume sin ambages, como uno de los grandes axiomas de su existencia, la presencia inmanente del devenir que fagocita al universo: “Nunca es verdad que un desplazamiento se haga en línea recta. Todo recorre senderos invisibles, carreteras elásticas que están adheridas a la piel de una esfera. Este planeta no es sino una bola más de las que ciegas giran. ¡Todos cual niños que durmiendo imaginan cabalgar sobre un cervatillo! Se turnan las estrellas y eso me produce el cosquilleo de finísima arena que imperceptible escapa entre los dedos. Quizás por eso dije ayer en un susurro: “Pintemos hoy de blanco la tumba que mañana guardará nuestros huesos. Luego no habrá tiempo”. Los cristales entonces se hicieron opacos”.
Meditaciones está escrito también en una luz crepuscular. Desde la plena madurez de la autora, el acabamiento y la muerte están permanentemente presentes: “el temor a no ser invade de manera constante al que respira”, pero desde una perspectiva inédita, plena de lucidez: morir es un arte que hay que aprender a fuerza de dolor. Encarnación Ferré no teme a la muerte, sino a tener que repetir la vida. Heidegger parece irrumpir en escena con su “el ser humano es un ser-para-la-muerte”. Encarnación Ferré vislumbra cada día en su cuerpo y en su vida que la muerte no aparece de improviso, pues es un acontecer que nos sobreviene desde el nacimiento. “La edad nos retira de multitud de cosas y nada vale contra su decisión. La vida ejerce como papel de lija que nos frota y es imposible oponerse al desgaste. La vejez ulula a mi puerta y sigo preguntando quién soy y para qué. ¿Qué dolor estará doblando ahora aquella esquina?”.
Encarnación Ferré contempla sin miramientos a lo largo del libro los efectos del tiempo, de la edad, como un fenómeno más de la inexorable ley de la entropía, del devenir imparable, de la destrucción y del desgaste como la suprema ley cósmica: “Fuimos rosas. Poco a poco nos robaron los pétalos”. “Otra arruga… otra cana… Voy haciéndome disímil de quien era. Me veo reflejada en el cristal y ahoga la imagen que devuelve. ( …) Es mi melancolía un calabozo y a todas horas vivo prisionera en él”. Se siente un ser del universo, sujeto a las mismas leyes macrofísicas y microfísicas: “pero no hay libertad. Es solamente un mito. Ni siquiera el planeta la disfruta. Se dejó atrapar en una inmensa red de atracción-repulsión cuyos efectos resultan prodigiosos. Es obediencia ciega a no se sabe qué, y siempre la ceguera implica riesgo” . De hecho, describe bellamente este proceso de entropía: “Todos los ríos acaban siendo amargos. Todos los vientos no son sino uno solo. Todas las rocas una enorme roca fragmentada, y las nubes son una hecha jirones. Tampoco las desgracias pueden atribuirse en exclusividad. En ellas se da comunión entre los hombres”.
Pues bien, sobre ese camino y frente a tal horizonte, la autora de Meditaciones trata de afrontar todo ello con sencillez y simplicidad, con lo que ella misma describe como “aunar la ética y la estética” perceptible entre los muros del más puro de los templos románicos , también con la exaltación poética de su fusión con la naturaleza viva: “¡Es primavera!”, gritan dos tenues mariposas y exhalan un suspiro. Su diminuta carne parpadea. Abren las alas, se alejan suavemente. “¡Es primavera!”, repiten los cuclillos. La mofeta cretina no los cree. Un inmenso vergel se extiende por doquier y en él pasta ese rebaño humano. Debiéramos todos entonar un cántico solemne”.
En algunas páginas, Encarnación Ferré lame sus heridas, habidas tras mil batallas, tras mil encuentros y desencuentros: “Quienes contemplan la vida confiados es que no la conocen de verdad”. El lector puede preguntarse en algunos pasajes si las personas de las que habla la autora habitan en el mundo externo o principalmente en su interior. “También es iluso esperar que otro quiera ayudarnos a cruzar el pantano. Seguramente nos responderá: “Soy de cartón. Sálvate como puedas”.
Finalmente, retumba como un axioma: “Mi alma seca está”. En este estado de cosas, se ve abocada a asumir el destino de cada ser humano a crear su mundo, mitad ficción, mitad real, para mantener en lo posible incólume el alma, para sobrevivir tras el enésimo naufragio: “Lo que suelen llamar “realidad” es inexistente. Cada cual ha inventado un pedazo de ella. Nos vemos abocados a crear algún lugar utópico en el cual sobreviva esa entidad que somos”. Y, así, el coraje y la consunción van abriendo sendas, juntos, por la vida: “Por confiar demasiado en mi fuerza me atreví a ir contracorriente. No me paré a pensar lo caro que se paga”.
Poema de Invierno es, en fin, la aventura interior de Encarnación Ferré, donada generosamente al lector de este libro. Una aventura que culmina en el sublime Epílogo de la obra, epítome de una vida que ni pudo ni quiso jamás quedar estancada en el fangal de la apatía y la indiferencia.