Saturna

OPINIONES DE GARCIFERRÁN

Dónde se cuenta la opinión de Sancho Garciferrán, oidor de cuentos,
de la obra Saturna de Encarnación Ferré.

Antonio García Fernández

Yo, señor, Sanchico soy, pues que de Sanchos fuera mi linaje hasta donde el saber alcanza y haya recuerdo. Sancho fue mi padre, y el padre de mi padre y aún, según es dicho de familia, que yo no lo sabría por mí mismo, sino por ajenas dijendas, pues que este servidor no los conoció ni tractó, Sanchos fueron el bisabuelo et tatarabuelo de aqueste pobre siervo, aunque de humilde cuna, de cristianía vieja et sin mancilla. E muerte sea dada mil veces a los perros cuyas calumnias acúsanme de impío, et pagano, et mezclado con sangre impura de la maldita raza de Sión, matadora de Nuestro Señor. Que yo le digo a vuesamerced que la envidia es mala consejera, según cuenta el refrán y los sabios afirman, y es mal que a muchos afecta, que no vean prosperar al su vecino, ni otramente sus gallinas ni sus cerdas o su prole, sin que den ellos en amenguarlo con alguna maledicencia.
Y basten ya estas razones, que me apartan de mi camino, cual sea el de mostrarle a usarcé la cabal idea que se allega a mi celebro al recuerdo de los recitados, que dicen por más culta forma “apólogos”, según lo tengo yo oído, del libro de doña Encarnación Ferré De lo que aconteçió a una mujer que hablaba con San Pedro. Y digo “recitados” porque yo no alcancé a leerlos en escriptura, pues que no sé sotilezas de cultos ni se me alumbra en modo la jeroglífica grafía, que a temprana edad diérame mi padre por oficio el suyo, y él, a su vez, recibiéralo del suyo, y el suyo del suyo, y al menos así durante cinco descendencias, sin que haya habido jamás en nuestra familia otra cosa que campesina gente, poco letrada, mas buena cristiana et servidora de vuecencia, cuya vida guarde Dios.
Y fuera, pues, cuestión, que yo allegárame a conocer de los citados apólogos gracias a maese Lope, cómico cuando mozo, et agora pobre de solemnidad según dicen, si bien nunca se me alcanza qué pueda haber de solemne en la pobreza. E que el dicho Lope es algo tullido e amigo de contar historias en la plaza o en la taberna, que tanto da, pues no abra la boca a no mediar un vaso de bon vino, o dos, que le ayude a aliviar su pena e a soltar la lengua.
Así diera comienzo el citado don Lope su relato que estábamos todos en suspenso a la espera de aquella Corónica que decía fue hallada en un arcón, et cuando atacó la primera parte, que el libriello llama “crisi”, en que el alma quería partirse del cuerpo, según podrá leer quien tuviera ciencia para ello, quedámonos los presentes olvidados de nosotros mismos, con la nuestra alma más puesta en lo que fuere a suceder que en cosa otra alguna, lo que el pícaro maese, al reparar en ello, aprovechó para sacarnos algunas monedas e algún que otro vaso de aquel néctar que llaman vino porque nos vino del cielo, que aunque pidiéralo para su arreglo, mejor lo hiciera, e con mayor propiedade, para arreglo del tabernero.
Et así continuó su relación don maese con tanto espíritu en la boca y en el estómago que prontamente vi yo en aquellas historias que oía tan sabias consejas, tamaño desfile de cosas imaginarias, e lugares et alimañas, e cosas muchas de maravilla como el “burrigallo” y el “albacielefante”, et tan graciosas peripecias, traídas muy a cuenta, con su enseñanza aneja, e tan variados presonaxes como monstruos, gigantes, diablos, ermitaños, tullidos e ninfas, y tan diversos lugares como cuevas, mares océanas, laberintos e espejos, que tuve para mí por cierto ser prodigio de imaxinación e despliegue de fantasía lo que la auctora fiço con estas fábulas que agora encomiendo a usía con mis pocas luces, e más que siendo vos letrado, señor lector, pues será capaz de leerlas con mayor abundamiento et provecho, que este que suscribe no fuera capaz dello en los años todos de su miserable vida, sino al coste de los muchos caldos que hubo de ofrecerle a maese Lope porque le ayudase en tal menester e terminara su historia e le ayudara endipués en la componenda destas páxinas.
E concluyo rogando a su excelencia perdone la torpeza destos dichos míos e dé buena cuenta de cuantos sucesos se narran en aqueste libriello, a cuya auctora conceda Dios buena fuerza e voluntade pora acometer la parte segunda que nos tiene prometida, para prez suya e deleite de cuantos letrados sean en el mundo, hábiles para máxicos desciframientos de párrafos e líneas e letras e vocablos.
De mi parte, nada más, salvo pedirle al Altísimo haga gracia a mí y a los de mi innoble condición, e véannos días de letras para todos e libros en todas partes. Y dénos el Sancto Espíritu historias tan jugosas, e tiernas, e bien contadas, como las de la susodicha doña Encarna.
Vale.
(Transcribiólo en román paladino, en siguiendo la Corónica, el escribano Antonio Villanueva, maestro de segundas letras e vasallo de Encarnación Ferré I, reina montisonense, señora del Parnaso. En Zaragoza, a veinte y siete de diciembre de dos mil años e dos).