Saturna. Cacho Blecua

En 1149 un monje irlandés llamado Marcos compuso la Visio Tnugdali, que, según se dice, había escuchado de labios del protagonista. La obra tuvo un éxito casi inmediato en toda Europa, difundiéndose en la península ibérica en aragonés, catalán, portugués y castellano. En esta lengua la publicó por primera vez Jacobo Cromberger (Sevilla, 1508), reeditándose en 1526. De acuerdo con el texto, Túngaro, natural de Cierga, joven apuesto de veinticinco años “al que gustaban las mujeres e traerse muy galán, e comer manjares de muchas maneras”, vivió despreocupado por su alma hasta que permaneció durante cuatro días amortecido, pensando todos que había muerto. Lo hubieran enterrado, si bien no se atrevieron a hacerlo porque encontraron algunas señales de vida en su costado izquierdo. Al cabo de estos días despierta, viendo a su alrededor a quienes habían venido a sepultarlo. Después de contar los extraordinarios acontecimientos que había presenciado, comulga, arrepintiéndose de su vida anterior y haciendo una vida ejemplar. Su alma había sido llevada ‘al Otro Mundo’, penando y viendo sufrir a los condenados, y llegando también a la Gloria.
Un esquema de este tipo permitía reelaborar una larga tradición sobre el Otro Mundo, de la que se podían adaptar sus conclusiones al didactismo y religiosidad cristiana. En el siglo XII, el fantástico relato contaba los horrores sufridos por los condenados, contrapuestos a la felicidad eterna de los bienaventurados, esquema adecuado para mostrar unos modelos de conducta que deberían seguir quienes no pretendieran sufrir toda una eternidad tormentos tan crueles como los descritos.
No saco a colación este relato porque Encarnación Ferré lo conozca y lo haya retomado, sino porque me parece necesario situar De lo que aconteció a una mujer que hablaba con san Pedro en esta misma tradición conocida como viaje al Otro Mundo. Ejemplos de estas estructuras proliferan en las más diversas culturas, tanto en la tradición oriental como en la clásica, en la céltica o en la germánica. Además, como en tantas ocasiones, aparte de su trayectoria culta, hunde sus raíces en el folclore, en la cultura popular, como también sucede en el libro de Encarnación Ferré.
La perduración de unos motivos similares susceptibles de ser recreados en nuestra época puede obedecer, entre otras múltiples razones, a la fascinación que siempre han ejercido unos ámbitos como los del “más allá”, despojados ahora de su trascendencia religiosa, pero no de las consecuencias literarias de su recreación. Necesariamente, un viaje de este tipo conlleva la posibilidad de presenciar o vivir “maravillas” diferentes de las que suceden en el curso ordinario de nuestra existencia, del mismo modo que las condiciones espacio-temporales que rigen en ese Otro Mundo son diferentes de las del “más acá” terreno.
El relato de Encarnación Ferré se aviene a estas características generales. Está protagonizado por una mujer, cuya alma, “aburrida del bulto de la carne”, será llamada por el Ángel, pudiendo ascender a las alturas en “algo así como enorme canasto colgado por dos cuerdas desde arriba”. El procedimiento elegido para el traslado no deja de ser significativo. Lo más extraordinario –el ascenso a los cielos- se realiza en un modesto canasto, es decir, con un objeto vulgar del mundo humano, mezclándose así lo maravilloso con lo cotidiano sin ninguna transición. No resulta extraño que nada más llegar a la antesala del Cielo, Saturna se encuentre ante una puerta que no es ni transparente ni de mármoles sino “más puerta que ninguna”, del mismo modo que san Pedro vaya en zapatillas, con una capa llena de lamparones.
Nos adentramos en una ficción con su propia lógica, con sus propias leyes, en las que se combinan elementos heterogéneos, habitualmente contrapuestos: lo vulgar y lo sublime, lo extraordinario maravilloso y lo degradado, destacando en el relato de Encarnación Ferré los sistemáticos y “neobarrocos” contrastes.
Por otra parte, aunque todos estemos inexorablemente destinados a la muerte, los personajes literarios que acceden al Otro Mundo suelen tener alguna condición singular. Ir al “más allá” y regresar contando las experiencias vividas suele estar sólo destinado a los elegidos, dioses, semidioses o héroes. Los historiadores de las religiones han interpretado estos viajes como pruebas iniciáticas relacionadas con la inmortalidad. Quienes se adentran en el reino de los muertos y regresan han superado la aventura por excelencia: su enfrentamiento con la Muerte, con el Tiempo. Sin embargo, no sabemos si la protagonista de nuestra historia volverá a la tierra, si bien posee alguna característica especial para convertirse en una heroína clásica. Su nombre, Saturna, vencedora del tiempo, lleva en sí mismo las marcas necesarias para poder afrontar con éxito una prueba de estas características. Atravesará un espejo que posibilita escisión del personaje en tres temporalidades diferentes, la presente, la pasada y la futura, sin que al final del libro asistamos a su reunión, aunque su continuación se nos anuncia.
El motivo del viaje protagonizado por un personaje al que le suceden diferentes y variados incidentes favorece una estructura episódica y posibilita la inserción de los más variados y “maravillosos” acontecimientos, en los que se recrean motivos de unas tradiciones literarias bien conocidas, que no se ocultan y sirven de referencia. En un mismo ámbito concurrirán personajes provenientes de la picaresca, como el enamorado embustero, los criados, pero también de los libros de caballerías, como ese Transfigurado, “el caballero más hermoso y gentil que han descrito los libros”, sin que falten las “ninfas” que emergen de las aguas, la novela pastoril… Saturna también llegará a divisar los Infiernos con sus correspondientes torturas, entre las que destaco las dedicadas a los “doctores pésimos” y a los “sastres”, como no podía faltar en un relato recreado bajo los cauces de nuestra literatura de los Siglos de Oro. Consecuentemente con la voluntad de insertar el texto en unas tradiciones consabidas, esta Corónica “fue hallada en un arcón el día que murió un ropavejero”, interrumpiéndose en alguna ocasión por la existencia de lagunas en el manuscrito. No parece extraño que en un principio el libro estuviese dedicado a Cervantes, Gracián, Góngora y Quevedo. A Guzmanillo, Amadís y al de Tormes, pues las deudas con los autores clásicos del Siglo de Oro español son perceptibles intencionadamente en diferentes niveles y no sólo temáticos. Algunos capítulos son denominados “crisis”, cuyos epígrafes también apuntan a tradiciones aúreas (“De cómo se burlaron del abate de Cérvigo haciéndolo yacer con hombre jorobado”), a la vez que el narrador aprovecha algunas digresiones para extraer conclusiones didácticas. A esto debemos añadir la utilización de unos registros lingüísticos que apuntan en la misma dirección, con algunas construcciones arcaizantes, juegos de palabras barrocos, o nuevos sintagmas recreados bajo estímulos cervantinos, como “burrigallo” o “albacielefante”. Por otra parte, sin ningún género de dudas, también Encarnación Ferré se ha adentrado con sumo gozo en la tradición folclórica según se percibe en cierto regusto por determinadas frases hechas, refranes, e incluso en ciertas construcciones narrativas, que podemos ejemplificar en ese hijo de la protagonista metamorfoseado en pájaro que intenta sacar los ojos a su madre (recuérdese el “hijos tendrás que los ojos te sacarán” o “cría cuervos que te sacarán los ojos”). Tampoco faltan motivos conocidos como el del pez que posee el don de la palabra y promete revelar secretos a cambio de su vida.
En este Otro Mundo se mezclan los palacios y las letrinas, los príncipes orientales y los truhanes, los brujos y las Reinas; también está habitado por seres monstruosos, gigantes, diablos, ermitaños, tullidos, monjas y prostitutas, conjuntamente con múltiples animales, en un mundo de continuados y sistemáticos contrastes, cuyos pobladores viven en espacios tan característicos como las cuevas, los submundos marinos, los laberintos o los espejos que atraviesan.
La estructura que había propiciado para muchos hombres medievales un relato didáctico y aleccionador, se ha transformado de mano de la autora en otro tipo de maravilla: la maravilla de la escritura, el juego de una imaginación fecundada por múltiples lecturas que le permiten adentrarse por los territorios de una tradición, especialmente de los Siglos de Oro, a la que alude, con la que juega y a su vez reinventa.

Juan Manuel Cacho Blecua
Catedrático de Literatura Medieval
Universidad de Zaragoza