La naturaleza del artista y otros relatos.

Por Jorge Manuel Ayala. Profesor de Filosofía Universidad de Zaragoza

Los pensamientos de Encarnación Ferré encierran una honda carga existencial. Más que las cosas, a la autora le interesan las personas, en especial su propia subjetividad como fuente de sentido. Encarnación es consciente de que las grandes cuestiones de nuestra vida: Dios, el amor, el sufrimiento y la muerte no pueden ser objetivadas al margen de nuestra vivencia. Por eso pregunta angustiada a Dios: “¿Existes de verdad?, le pregunté. Respondió de un modo muy ambiguo: Existo si me sientes”. No dice que Dios sea objeto de nuestros sentidos, sino que no podemos creer en Él si antes no lo sentimos, es decir, si antes no tenemos una experiencia sujetiva de Dios.
El ser humano no es naturaleza sino existencia. En el argot de la filosofía existencial, la “existencia” es sinónimo de “libertad”. Somos libertad, aunque encarnada en una naturaleza que la limita en el orden físico. La libertad no es un derecho ni una voluntad: es un don. Dios nos ha creado libremente y nos ha creado como seres libres. Por tanto, la libertad no es algo predeterminado ni mecánico: no es una potencia que por sí misma nos conduce a un lugar determinado, como hacen los sentidos. Somos nuestra libertad.
Encarnación Ferré se enfrenta en este florilegio de pensamientos a los problemas metafísicos de la libertad, empezando por el problema más radical: ¿Son incompatibles Dios y nuestra libertad? El “acatamiento de su fiscalidad llega incluso a enfermarme”, escribe. “Porque, ¿qué queda de mi ansiada libertad si no me es factible el ejercerla en el reducto secreto de mi mente?”. A su juicio, no es lógico afirmar que Dios nos crea libres pero con restricciones en nuestra capacidad de pensar, “Eso es tan ilógico como querer que un niño aprenda a caminar sin permitirle que pose el pie en el suelo”. No, nuestra libertad se extiende a todo lo pensable. Lo que hoy nos parece un límite, es posible que sólo sea la cara oculta de cuanto nos queda aún por pensar.
Nuestra escritora afronta estas incógnitas con serenidad. “Con su Dios o sin él, al humano domina aquel orgullo innato que le impulsa a uparse más allá de los astros. No soy una excepción”. “¿Y si aceptase, de una vez por todas. afrontar el vivir desde la trascendencia? ¿Y si es la trascendencia la mera aspiración sin fundamento? No logro ir en socorro de mí. Recluido me siento en la oscura prisión que parece inherente a la esencia humana. Porque es una mazmorra dolorosa no saber aceptar nuestra limitación”. “¡Pesan tanto las dudas!: el no lograr saber con qué objeto se nace, por qué razón se vive”.
La autora de Controversias con Dios se siente legitimada para interrogar al Autor de su libertad sobre las cuestiones más profundas de su existencia. El pensador fatalista renuncia a preguntar porque sabe de antemano que no hay respuesta. En cambio, el creyente en la libertad como don divino, no cesa de preguntar. No se satisface con cualquier respuesta, hasta que en su interior la juzgue verdadera. “Dios me envía símbolos que no sé descifrar porque admiten mil interpretaciones. Nada es tan fácil ni tan elemental como quisiera”.
No se atisba en los pensamientos de Encarnación Ferré un asomo de irreverencia o de rebeldía, aun cuando deja aflorar se sensibilidad en temas como el alma humana. “Me palpo por dentro y encuentro solamente un pobre instinto. Una aspiración a algo inalcanzable. Tal vez el tener alma implique haberla de ganar. ¿Cómo la han de dar gratis? Puede costarnos mucho merecerla”.
Conocerse a sí mismo es la meta que se han propuesto alcanzar los grandes pensadores, como san Agustín de Hipona o Baltasar Gracián. Puesto que las personas no somos objetos opacos, como las cosas, sino subjetividad, este conocimiento es inagotable e ilimitado. Por esta razón los grandes escritores sólo pueden ofrecer a los lectores su propia experiencia interior, la cual tiene, a veces, un alcance universal. Del mismo modo, en sus Controversias con Dios Encarnación Ferré nos permite asomarnos a su rica -a la vez que dolorosa- experiencia interior. “Indagaré. La conclusión extraída por otros no nos sirve. Me esforzaré por conseguir la mía aunque para lograrlo deba anegarme en llanto”.

Las presentes líneas no pretenden adelantar al lector la clave interpretativa de estos pensamientos de Encarnación Ferré. Expongo simplemente lo que su lectura me ha sugerido. A cada lector le sugerirá nuevos sentidos, porque es mucha la experiencia interior que acumulan. A mí me atrae especialmente su voluntad de claridad: ser clara consigo misma y con los demás. De ahí la sobriedad de su escritura: que la letra no oculte al espíritu y, mucho menos, lo aprisione.
Soy libre, luego existo. Escribiendo pensamientos, memorias, novelas, etc., Encarnación Ferré experimenta el gozo y el vértigo interior de la libertad. Encarnación es una apasionada de su libertad.


Comentario por  Antonio Villanueva, Profesor y escritor

En febrero de 2008 cumpliose el centenario del natalicio del más ilustre hijo de Urrea de Gaén, Pedro Laín Entralgo. Y esa efeméride no podía pasar desapercibida. Por ello, y para celebrar a Laín como lo que fue, como a un gran pensador, nada mejor que conmemorarlo con la edición de una obra de pensamiento. Tal La naturaleza del artista, de Encarnación Ferré, que ahora presento al público.
La escritora montisonense Encarnación Ferré lleva largo tiempo entre nosotros, afincada en el Bajo Martín, impartiendo clases en el instituto de la comarca. Ella, como don Pedro, está enraizada en nuestros territorios donde vive, trabaja y crea. Bien podríamos concederle título de urreana adoptiva: urreana de pación, por aquello de que uno es de donde pace tanto como del terruño natal.
Encarnación y Pedro: dos personalidades de dilatada producción, cerrada la de este por acabamiento físico de su vida, aún haciéndose, in fieri, la de Encarna, cuyos últimos años han sido productivos, escribiendo y publicando sin cesar. Ambos escritores han entregado lo mejor de sí mismos a la imprenta, las cavilaciones de sus cuitas al papel escrito. En ambos veo yo notoria preocupación por plenificar la vida con la cabal comprensión de cuantas cosas nos rodean, cada uno con sus temas y centros de interés, preguntándose qué sea el hombre don Pedro, qué el arte Encarnación.
He aquí, pues, una obra de Encarnación Ferré sobre La naturaleza del artista, profunda y de difícil catalogación, a medio camino entre la tradición del Ars poetica y la obra de ficción. El artista del que habla la autora tiene, claro está, mucho de sí misma. Pasa de largo los sesenta, tiene profunda experiencia vital, es descreído, vive austeramente en su universo de palabras “entre las ruinas de la inteligencia”, por usar la expresión de Jaime Gil de Biedma, en espera del inevitable naufragio final. La autora, desde una postura de distanciamiento, se desdobla en su personaje para comprenderlo mejor. Él es quien sufre, ella la que observa. El juego literario resulta eficaz y el lector percibe claramente la tensión proximidad-distanciamiento entre el narrador y su criatura.
El artista de Encarna no es optimista, ha perdido la fe en los demás y, sobre todo, en sí mismo. No se parece al intelectual cristiano de Laín que quiere pensar la fe razonablemente, buscador de retos para la inteligencia, creyente de la ciencia y la potencia del intelecto. Aquí no hay impulso proyectivo ni la adolescencia perpetua de quien quiere saber. El artista se piensa descuartizado. El joven ha dejado paso al viejo, cansado por el peso de la edad. El pesimismo ha mudado casi todo en ceniza, agotamiento, finitud. Y digo casi todo porque, como quería Laín, necesitamos de la esperanza, siempre hay algún resquicio para ella. El artista muere, pero sobrevive en ese niño que, al final del relato, está aprendiendo a leer. Después del túnel, la luz. La calma tras la tormenta. No podemos clausurar nuestro universo a la esperanza. Lo humano, lo artístico, es apertura al Misterio. Apetito de Absoluto. Religación.
Laín partía de la vida inferior, orgánica, y desde allí, desde lo que llamaba materismo por diferenciarlo del materialismo trasnochado, intentaba explicar lo humano superior, la vida psíquica. El alma y el espíritu del hombre. La experiencia del artista de Encarna, su alter ego narrativo, es sin embargo distinta. Ella parte de una vida intensa, ígnea, plena de experiencias y sensaciones. Mira al artista que fue, vitalista, capaz de todo, con derecho a todo, supuestamente superior a los demás. Y contempla, en la blanca edad de las retrospectivas, los rescoldos de aquella hoguera de vanidad para mirarlo como es, un ser desvalido en su pobre condición humana. Un anciano malhumorado y difícil, decaído en cuerpo y alma, aferrado a la vida solo por acabar su obra, soñando el día feliz en que escribirá la obra definitiva.
El retrato de la decadencia es magnífico, preciso en el trazo. La prosa de Encarnación tiene intensidad, ritmo interior. Ella trabaja cada renglón como cincela el poeta sus versos. El artista de Encarna se muestra triste, patético, austero. Es un hombrecillo pesimista, vencido por la depresión, refugiado de la traición y la maldad en el ámbito doméstico: “¡A casa, a casa!”. No le gusta verse en los espejos. Ni las parafernalias, los actos de sociedad. Solo anhela el acto íntimo de escribir. Nadie depende de él, apenas puede cuidar de sí. No anhela viajar. Lo atrajo la gran ciudad alguna vez, Babilonia que ahora lo aterra. Le duele ver a su madre fragilizada por el peso de la edad. Es ingenuo, loco, empecinado, solitario, egoísta, tañedor de quimeras, endogámico, imperfecto, ególatra, pedante casi siempre. Se cree predestinado. Ama tanto su obra que teme que algún crítico la pisotee, qué pueda pasar con sus preciados manuscritos cuando no esté…
El artista vive entre fantasmas, seres de papel que acompañan su vida de asceta. Cultivador de tristezas voluntarias, dolorido existencial, buscador de luz que permanece en las sombras, aferrado a su oficio y su manera. Las palabras se han adherido a su piel como segunda naturaleza. No puede vivir sin ellas, sin la escritura sanadora que lo hiere y le da vida al mismo tiempo. El Verbo es explicación del mundo, de uno mismo ante el espejo. Maldición y camino de inmortalidad, arma contra la muerte inexorable, posibilidad de mundos nuevos donde ser dioses y hacer justicia.
El artista juega con nombres y conceptos, tira sus dados como quien juega con fuego sin pensar en el peligro. Imaginativo sin fin, fabula, perpetra y trama de continuo. Tiene cien ideas, mil, a cada instante. Y sigue siendo el mismo. El independiente que no rebla ante camarillas. El enemigo de capillitas y nepotismos. El autor sin éxito fácil ni amigos influyentes, sin corifeos ni epígonos, sin mecenas. Un ser frágil y vulnerable que exhibe imprudentemente su intimidad en cuanto escribe. El sabio sediento que anota sus ideas por temor a olvidarlas y habita una casa que huele a papel viejo.
Solitario sin remedio, bebedor de café, fumador impenitente, garabatea sus cuartillas en el rincón de cualquier bar. Le aburren los cotilleos, las charlas intrascendentes. No da oportunidades a la llamada “vida social”. Sumido en melancolía, envejecido inevitable de alma y cuerpo, el artista orgulloso que nunca se arrodilló se acerca a su final, fiel a su divisa de que es humano mal el desconcierto sólo vencible imponiéndole orden artístico. El artista ya no está, prolongado acaso en el tenue hilo infantil de un aprendizaje lector. La lectura se convierte así, en la poética de Encarna, igual que en el pensamiento lainiano, en el barco de salvación que comunica a todas las almas en un presente continuo donde confluyen todos los tiempos, pretéritos y futuros.

Escribir, leer, amar. Causas últimas que justifican el paso del artista por el planeta. La naturaleza del artista, de Encarnación Ferré, obra profunda y digna de una creadora indomable.