Carta de amor a Encarnación Ferré

Alberto Jiménez Liste
Profesor de Literatura

Querida Encarnación:  En cierta ocasión me atreví a decirte que tu literatura me parecía diamantina. Mi natural timidez no me permitió seguir mucho más allá en mis divagaciones, así que aprovecho la oportunidad que me brinda el papel y la soledad para confesar mi amor por tu labor literaria de un modo más extenso. Como tú bien sabes, al hablar estamos atados a avatares de la circunstancia, de manera que solo al escribir llegamos a expresar lo que queremos; a domar esa herramienta rebelde y caprichosa a la que llamamos lenguaje (si las musas nos sonríen). Así las cosas, espero que el aliento de estas inspire las líneas que quiero dedicarte.
Desde que comencé a leer tus Cartas de desamor intuí que algo nos hermanaba: el respeto por la literatura. En estos tiempos que corren, donde a muchos gusta jugar a escritores, movidos por esas fanfarrias estériles que crea una sociedad para la que todo es mercado, tus palabras se me antojaron desnudas de vanidad; como si buscaran un sentido que hiciera del discurso algo auténtico y, por ende, artístico. Tu literatura no es belleza entendida como pose sino como trascendencia. Ignoras lo fácil abrazando lo complejo. Obvias lo placentero y te entregas con frenesí al beso del éxtasis del dolor de crear, pues crear es aprender y quien aprende siempre sufre.
Tras tus letras late una labor de cuidadoso acabado para crear esa diamantina sensación a la que me refería al comienzo de esta carta. Leyendo Dietario de un profesor escéptico sentí que venías de naufragar en las procelosas aguas de lo caótico; esas que todo artista conoce y de las que toma la materia que irá puliendo hasta lograr el hermoso espejo que refleje lo que existe más allá (tal como se pule el carbón hasta que surge el diamante). Tú sabes, Encarnación, que más debe el buen hacer a aquello que se relega al silencio que a lo que se explicita; que de los sublimes terrenos de la Arcadia solo permite el vate que se vislumbre un resquicio. Porque escribir es silenciar, pues al escoger una palabra asesinamos con sutileza posibilidades infinitas, y sé que has sufrido, tal que Flaubert, en soledad y silencio, por gestar la oración exacta, el texto preciso (llámese Saturna, Hierro en barras, Pensamientos o este que aquí y ahora nos convoca). Por eso, las mejores cartas no deberían tener destino —hablo de las 13 cartas sin destino— para que nadie sea testigo de la literatura entendida como pasión criminal, de la literatura que está más cerca de la locura; ese terreno que quizás deba conocer todo artista, pues, solo tras visitar los infiernos se es capaz de expresar las bellezas. Yo invoco la obra de Sade, de Thomas de Quincey, pues quizás sean sus textos recuerdo de lo vivido más allá de la razón —como tus Memorias de una loca— o, mejor dicho, como toda memoria, que no es siempre sino un mal sueño de lo que fue: ¿una meditación? En este sentido, también los textos son memoria, pues no solo evocan a quienes los escriben sino que despiertan en el lector lo que ya creía olvidado. El texto pervive además gracias a la repetición, pues todo texto es memoria de sus ascendientes; rendido homenaje a los antepasados; alumbrador de continuadores.
El ser humano siempre recuerda, pues sabe que todo él es fruto de lo anterior: no solo de lo vivido, sino también de lo leído y de lo soñado. Fiel a esta idea, también te has permitido el inmenso placer de adaptar a los clásicos (véanse tus obras Clásicos en el aula y Clásicos en breve) para contribuir a la construcción de la memoria de los más jóvenes; esos que de ti tanto aprendieron y que desde un silencio tímido, como el mío, te veneran como aquello a lo que más se ama, que no es otra cosa sino aquello que, como tú, tanto nos enseña, pues quizás tanto hayas sufrido… y vivido.
Leyendo tus libros, estos se me antojan vasos comunicantes. Sus oraciones son como esos jardines de senderos que se bifurcan, de los que habla Borges. Así dices en Boceto de mujer: “Cuando un libro acabó de escribirse siente el autor esa tranquilidad que propicia la obra coronada. Con el tiempo aprendemos que no concluye nada definitivamente”. Pero dichos senderos, en tu caso, están marcados por un dolor existencial que emparenta tu obra con la filosofía poética de E. M. Cioran. Así, dices en Pensamientos audaces V: “¿Dónde encontrar la dicha? En la cima más alta de las dificultades y en el más hondo abismo de sollozos”; y tus palabras evocan aquellas cimas de la desesperación con las que el bohemio pensador rumano bautizaba una de sus más conmovedoras obras.
Dolor, emoción, desesperación, son conceptos que tienen suma importancia en tu obra, otorgándole una fuerza inusual. A través de tus textos, tu naturaleza de artista se presenta trágicamente atormentada, decididamente trascendente. Así, leemos en La naturaleza del artista:
Quien diga que la auténtica poesía (la que brota de la célula más íntima del cuerpo para que todo él no se diluya) es ejercicio lúdico, maldito sea. La poesía-poética, emocionética, ascética, sensualéti- ca, apocalíptica, sinestésica, dramática, alucinógena… es huella de cuanto penetró el círculo de fuego que rodea al poeta. Y eso significa vivir el peor drama. Pero hablo del poeta-poeta. No del muñidor de rimas, tañedor de arpas polvorientas para distraer a damas no-hacientes que se arrellanan en el escaño del vivir y ven pasar la vida frente a sus caducos ojos (sus vientres llenos de hijos de su precaria lujuria o de fermentados alimentos que solicitó su gula). Tampoco del que intenta suavizar el humor vinagroso que suscitó la vida —vivida en su quince por ciento— en el varón que careció de arrestos para vivirla plena. No debe contentar a niñatos consentidos ni a mocitas de buen casar ni a abortadoras ni a accionistas de lo que sea ni a prostitutas de domingo-para-mis-gastos. Ni ni ni… El poeta ha de ser purgaborrachos, lázaro de ciegos vitales, maestro de espíritus, arañador de la burla. Y hacer poesía tiene que ser sudarla por los poros como pasión fundida en cada verso; desollarse en aras de sí mismo y también de los otros (que a lo peor son nadie o a lo mejor son todo); evadirse en una especie de evaporación. Porque el poeta auténtico es ese intuitivo que intenta acercarse, braceando en la bruma, a la luz de la verdad.
Pero la verdad de la que hablas es, como diría Unamuno, tu verdad; aquello que la vivencia intensa ha grabado en tu alma haciéndola más sabia, pues son tus relatos y novelas, igual que tus “audaces pensamientos”, carentes de anécdota y peripecia fútil. Así las cosas, en Un perro para Judas o en Boceto de mujer contemplamos el envés de la hoja; la parte secreta e íntima de la maldita bendición del existir; los gozos y las sombras que día a día pulen el espíritu. Es tu literatura íntimo diario, odisea que se aleja del Ulises de Homero para abrazar complacida el de James Joyce. Tus textos adolecen de exterioridades; son ventanas al interior y jamás complacerán a quienes apetezcan chascarrillos y novelillas de rosáceos tonos. Tu obra es miscelánea autobiográfica, perfecta fusión de arte y artista, espejo a lo largo de un camino (espiritual). Novelas que describen esas vivencias que pertenecen a las moradas del mundo interior, cántico espiritual que mezcla lo místico y lo pagano. Más que la acción, tu obra nos plantea reflexión, pues a tus lectores no debe interesarles la violencia del golpe sino la huella sutil. No lo que mata sino lo que hace más fuerte. Y, en perfecta armonía con lo que acabo de exponer, se desarrolla también tu Crónica de la huida del tiempo. (Presentir. Pensar. Meditar. Cuán lejos de tan sanos ejercicios la sociedad actual, sumergida en la prisa, el caos. Vivimos en una superficie desazonadora a la que nos condena el ruido y la furia, la ausencia de silencio y la delicadeza; elementos necesarios para el ejercicio de introspección al que, Marco Aurelio revivido, invitas).
Uno de los grandes temas de tu obra es el dolor (que despierta la experiencia de la vida) como camino de conocimiento.
“El arte de morir ha de ser aprendido —igual que casi todo— a fuerza de dolor (…) Bien es cierto que la peor tortura es la que cada cual se inflige a sí mismo. No resulta sencillo recatarse de la brutalidad con que la vida intenta desquiciarnos”, dices en tu Crónica de la huida del tiempo. El dolor a que te refieres es ese que nos transforma pero que no nos anula. Ya decía Nietzsche en La gaya ciencia: “En su más alto grado, el dolor engendra impotencia”. También dices tú en alguna parte: “No queda ya otro recurso sino rogar al mundo que no la trate mal puesto que no podría soportarlo”.
Asumes con suficiente valentía que el Yo es metamorfosis. No compartes la tragedia de Gregor Samsa dado que aceptas la inexorabilidad del cambio, aun a regañadientes. Pareces seguir el sabio consejo de Gilles Deleuze, para quien somos hijos de los acontecimientos, pues hay que asumir lo que nos ocurre; hacernos dignos de aquello que nos acaece. Hay que convertirse en actor de nuestras desgracias dado que somos protagonistas de nuestras vidas. En suma, como el héroe de las manifestaciones épicas, hay que afrontar el dolor y el miedo. Vuelvo a tu Crónica de la huida del tiempo: “No desea que la cobarde abulia la anquilose. Se resiste a ser la vieja desvalida que en silencio aguarda la terrible visita”. Y eso, a pesar de la irreversibilidad del transcurrir del tiempo: “Es el tiempo insondable, insobornable, impío, irreversible…”. El héroe se construye poco a poco, afrontando la hazaña, al igual que el individuo, tras la experiencia inevitable del dolor. “Arduo no nacer de una pieza y deber construirse como un puzle”, dices. Así logras una obra épica (del espíritu) por lo que tiene de lucha desde dentro. Muestras el inevitable proceso de desgaste y cansancio, de donde surge el saber, y hablas de que “fuimos rosas. Poco a poco nos robaron los pétalos”. Sin embargo, eso no significa que la flor no contenga belleza, simplemente se convierte, quizás, en esa concha de caracol a la que te refieres: “La mía se va haciendo cada vez más áspera y más dura. En ella permanezco acurrucada porque ya no soporto el trato mundanal”. La belleza de un barroco decadente e ingenuo se desnuda hasta ser la elegancia espartana a la cual envolvía. La florida rosa ocultaba la consistente simplicidad de esa coraza que se hace necesaria para afrontar las mordeduras.
De la lid vital se desprenden tres consecuencias que completas con tu característica prosa poética, siempre retrospectiva:
El sufrimiento puede llevarnos al ejercicio de la mal- dad: “Cuanto sufrimos nos va modificando y a algunos los hace volver malos”.
La vida termina por domar a la persona: “Al constatar que agachaba la cabeza y que sus sueños eran cada vez más humildes —incluso inexistentes— comprendió que la vida la domó . ¿Es la misma que pretendía mutar el universo?”.
El dolor puede conducir a la locura: “De su locura no siempre es responsable el que la sufre. A veces la indujeron —con su egoísmo, con su falta de tacto o crueldad— quienes estaban cerca. Y dañamos también incluso sin quererlo”.
Así, quizás, el consuelo se halle solamente en la filosofía (“Es estoica a medias”) o en la religión; rezando a ese Dios sufriente, en perfecta consonancia con quienes alzan, derrotados, sus oraciones. De la solución adoptada surge bien el héroe bien el santo. Los contrarios a dichas soluciones parecen ser esos muertos en vida que nos circundan. (“No quiere ser de esos que —muertos antes de que la muerte les llegara— se apesadumbran al comprobar que nunca han vivido. Nadie les enseñó cómo se hacía”).
No quiero concluir esta carta (en la que he pretendido plasmar un discreto pero honesto texto, pues el fuego de lo auténtico es lo que, por su pasión, más nos convence o, al menos, más nos conmueve) sin volver a llamar la atención sobre el estilo de tu escritura. Decía más arriba de un barroco ingenuo y decadente se desnudaba hasta ser la elegancia espartana a la que envolvía. Si esto ocurre en el plano del contenido, lo mismo podemos decir atendiendo al plano de la forma. En este tiempo de fastuosidades, afectaciones y va- cías arrogancias estéticas (o, por el contrario, simplicidades chabacanas), llama la atención la clásica elegancia de la que haces gala. Armonía mesurada que nos retrotrae no solo a Cicerón, Séneca, o al ya citado Marco Aurelio, sino incluso a la placidez renacentista de un fray Luis, cuya escritura también era labor de delicada selección, esmero y pulimento, ayudando a que la belleza del concepto no quede empañada por la frondosidad del fondo.
Afectuosamente