13 cartas sin destino

Presentación:  José Antonio Labordeta Poeta y Cantautor

“Sopórtame y a lo mejor me salvo”, es frase de un texto que Encarnación Ferré diluye entre las densas líneas de estas 13 CARTAS SIN DESTINO. Y quizás en ellas se encierran, en resumen, todas las palabras, todos los gestos de amarguras y tristezas y también de esperanzas, que esta escritora deja discurrir entre las manuscritas líneas (entre gótico y euskaldún) de su caligrafía.

Es un libro difícil y extraño. Difícil, porque a través de él una mujer intenta describirnos su mundo pasional en una larga crónica de amor-desamor. Y extraño, porque en una sociedad tremendamente hipocritizada como es la nuestra, y machista, no va a favor de corrientes, sino contracorriente. Y aunque aquí pasará el texto desapercibido -casi todo pasa sin más trascendencia- su testimonio hará que más de algún bienpensante sienta estremecer sus carnes maduritas, por el sofoco que significan algunas afirmaciones y tremendas tomas de posición.

No es normal, por estos pagos, que las mujeres se hundan en la literatura en cuerpo entero. Como hobby, pase, Como profesión, no tanto. Y Encarnación Ferré se lo ha tomado como esto último, haciendo de su voz una constante toma de actitud que le lleva a escribir versos, crónicas, narraciones y textos de todos los matices. Y también canta, porque entiende que la canción expande su armonía más allá de la letra impresa y alcanza una audiencia realmente importante.

Estas cartas son un camino más; un devorarse a sí misma en ese duro camino dela creación literaria, para desvelar tu mundo y entregarlo a los otros, por si sirve de algo. Y de algo sirve la sinceridad y la amargura, la búsqueda de amor y el encuentro final del desamor, de abandono, de entender de golpe que la gloria no existe, que es todo un remedo, que apenas un instante, un éxtasis de espacios reducidos, es el amor. Y que es más larga y más dura la ausencia que el hálito que puede introducirte la gloria del hallazgo del cuerpo rebuscado, querido y encontrado.

Son trece crónicas de algo que ha pasado -no sé si en la realidad o la ficción- aquí, a nuestro lado. Pero ella lo cuenta con una sobriedad y una sinceridad tan brusca, que no dudas, cuando lo lees, que las huellas de las manos de Manuel quedaron en el rostro, los pechos, los muslos de esta mujer testigo que nos cuenta el brote de los labios en los labios.

Lector, cuando lo leas, espero sepas ahondar en la crónica de dos cuerpos naufragando en una sociedad desertizada.

Está claro que Encarnación Ferré, autora de este libro que prologo, es, por encima de otras muchas cosas, poeta. Lo prueban sus dos libros publicados de “materia poética”: Hijos de la arena y Cartas de desamor (esta última obra, es verdad, de un género que me atrevo a calificar de poesía no sin algunas vacilaciones). Lo prueba, ante todo, su temperamento; su actividad, su vida (toda una vida à rebours, como una página de Huysmans), toda su vida de poeta maldito, marcado, que se da generosamente en un puro gesto narcisista, con ilimitada prodigalidad; a despecho de su otra vida ordenada.

 

Presentacion:  Gregorio San Juan. Abogado y Licenciado en Filosofía y Letras

Con prodigalidad exhibe también Encarnación su alma rica y compleja. Se da a sí misma como expositor de vivencias que, por alguna experiencia contrariada y por su romanticismo inesquivable, tienen n acento dolorido y desengañado. Amargo, y como de vuelta ya de la vida, cuando la vida misma es toda un canto… “Si se calla el cantor…”

He hablado de romanticismo porque romántico es el mundo de Encarnación Ferré, romántico el tono de lo que escribe. Todas las experiencias de una vida vivida hacia adentro, torturada imaginativamente, las convierte en sustancia propia; las transforma en literatura. Y cuando leemos su obra la sentimos afirmándose: siempre en perpetua fiebre creadora.

Cierto que esta desmesura en el escarbar en el propio dolor para sacar de él sustancia poética, tiene una larga tradición entre nosotros: Bien sabe el cielo que con sangre escribo, dejó dicho el Conde de Salinas. Y el de Villamediana: Mi corazón, cuyo dolor adoro.

Encarnación Ferré pasa, apenas sin transición, de la violencia del sentimiento al desamor, al olvido, a la frialdad. De la plenitud al sufrimiento, que es sólo ceniza del amor, recuerdo amargo. Nessun maggior dolore…

De las voces femeninas que ha dado la poesía en lengua española, tan rica, tan variada, tan profunda por lo demás (desde Rosalía de Castro hasta Alejandra Pizarnik) me recuerda a María Eugenia Vaz Ferreira; aquella tremenda voz solitaria, altiva, desolada, desdeñosa, que escribió:

Yo soy como la firme roca erguida

que el oleaje amenaza en su bravura

y eternamente, ante la mar vencida,

su cresta eleva en la gigante altura

Dijo Alejandra Pizarnik (a quien el haber sumido plenamente su papel profético o de vidente llevó al suicidio) que la poesía no es una profesión sino un destino.

Nadie, de entre los que conozco, se ha tomado tan en serio esto del destino. Nadie con tanta vocación. Nadie tan poseída de su destino de poeta, como Encarnación Ferré. Todas sus páginas nos hablan de ello. Por la Poesía se evade del mezquino horizonte de lo cotidiano, asciende hasta paraísos de emoción comunicable, creados por ella, endereza el rumbo para evitar que el barco del ensueño -como escribiera Mayakovski- encalle en la realidad.

Creo que en esta lucha desesperada contra la adversidad que ella se inventa; contra la nada, no hay más que un afán de afirmar su personalidad controvertida, su naturaleza distinta y superior, su destino; esa condición de poeta excluido, segregado como el Albatros y, en el fondo, insaciable.

Así es este libro narcisista y patético. Como toda la obra, la vida, de Encarnación Ferré. La prosa, trabajada con arte, hace que a veces se olvide el significado de las palabras, pero no el clima desolado, la pasión que nos recorre la espina dorsal después de su lectura.

Como la prosa de Ricardo León, estos poemas en prosa rítmica se apoyan en compases de ritmo fonético. No es sino el riesgo de la facilidad, del dominio de las recursos, de la abundancia del sentimiento. Porque así es Encarnación: mujer que interroga el destino y lanza ininterrumpidamente sus quejas, convertidas en poesía, a los que la escuchan y a los que no la saben escuchar.